Una herencia inesperada —una casona en ruinas en El Ferrol— lleva a Óscar y Blanca hasta el rastro de Theodorita Seoane, una mujer que se esfumó a principios del siglo XX.
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Una herencia inesperada —una casona en ruinas en El Ferrol— lleva a Óscar y Blanca hasta el rastro de Theodorita Seoane, una mujer que se esfumó a principios del siglo XX. Entre los trastos aparece una caja con decenas de cartas fechadas en 1907, firmadas con un garabato ilegible por el hombre al que ella alquiló un piso. Lo que nace como curiosidad familiar se vuelve el retrato de una obsesión: quien escribe nunca dice dónde está, y ella nunca contesta.
Luis López Sanz plantea una novela epistolar que se presenta como un expediente abierto. El marco es sobrio: un aviso notarial informa a Óscar Dedeu Seoane de que es el único heredero de una tía lejana declarada muerta tras años de ausencia. La herencia resulta humo —terrenos expropiados en 1957 y una casona vacía cerca de la antigua calle Real de El Ferrol—, pero en un armario espera una caja de madera con un fajo de cartas atadas con una cinta, ordenadas por fecha y escritas con una caligrafía impecable que el tiempo y la humedad han ido borrando.
A partir de ahí el libro cede la voz al remitente: un hombre que ha dejado a su mujer, que no necesita trabajar y que se ha recluido en un ático alquilado a Theodorita en alguna ciudad del norte. Desde la primera línea fija las reglas del juego: escribirá cuando quiera, no espera respuesta y no leerá la que llegue. Sus únicas obligaciones son pagar el alquiler y regar una maceta sin planta que ella le entregó al firmar; ese tiesto estéril acaba siendo el objeto simbólico de toda la correspondencia.
Las cartas avanzan por acumulación y desvío. Lo que empieza como cortesía y meditación sobre la máscara social deriva en diatriba contra la fe y el paisaje de calendario, en un sueño erótico atribuido a la destinataria, en una hija imaginaria por la que se hunde, en la descripción minuciosa de unas llagas cuyas costras deposita sobre la tierra de la maceta. El tono oscila entre la ceremonia y la agresión, entre la lucidez y el delirio, siempre con la misma coquetería geográfica: llueve sobre Oviedo, sobre Gijón, sobre Palencia, sobre Langreo, «caso de que» esté allí. Nunca dice dónde vive. La firma es un amasijo de rayas.
El interés se desplaza así de la desaparecida al desaparecido, del trámite burocrático al perfil de quien escribe. Los editores del hallazgo acompañan el corpus con ilustraciones y una llamada al lector en busca de datos, y adelantan que un documento recibido tras publicar la última carta invirtió todas sus hipótesis. Thriller lento, retrato psicológico y ejercicio de voz fingida sobre el norte peninsular de 1907.
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