Tres vidas se rozan en una misma ciudad turca: dos pescadores que sacan del juncal el cuerpo apuñalado de un muchacho marcado con una X roja, una adolescente de dieciséis años atrapada entre la tristeza, el agobio y la furia, y una mujer…
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Tres vidas se rozan en una misma ciudad turca: dos pescadores que sacan del juncal el cuerpo apuñalado de un muchacho marcado con una X roja, una adolescente de dieciséis años atrapada entre la tristeza, el agobio y la furia, y una mujer que a los treinta y cinco teme que se le acabe el tiempo. Con humor áspero y una prosa que respira al ritmo de sus personajes, la novela arranca con un hallazgo siniestro y se abre enseguida hacia el pulso íntimo de quienes aún no saben que ese muerto los concierne.
Un amanecer de invierno, dos hombres salen a faenar de mala gana. Uno solo quiere volver a la cama; el otro se obstina en mirar el juncal, donde algo azul se mece con el agua. Lo que encuentran es el cadáver de un muchacho de diecinueve o veinte años, enorme, rubio, boca abajo, con doce heridas de arma blanca y una X pintada con espray rojo en la espalda de la cazadora. El informe de la gendarmería registrará la talla, el peso, la marca de cada prenda; no registrará la X, ni por qué alguien quiso dejarla ahí.
Desde ese hallazgo, el relato se desplaza sin aviso hacia otras habitaciones de la misma ciudad. Behiye tiene dieciséis años y solo conoce tres estados: tristeza, agobio y furia. No llora desde los siete años y medio, se muerde la mano hasta sangrar cuando el pecho se le llena de aire, y desprecia con precisión quirúrgica la casa donde vive: una madre costurera que rompe platos y llora, un padre encogido, un hermano al que escupe el póster cada mañana. Derrumbada al pie de un plátano, la asalta algo inesperado, una certeza dulce que decide llamar sensación de salvación: va a pasarle algo bueno, y ella espera.
En otro barrio, Leman vuelve de madrugada de una cena larga con un hombre que promete llamarla al regreso de Moscú. Le faltan dos semanas para cumplir treinta y cinco y siente que cierra el cuaderno de la juventud sin haber cobrado lo que creía merecer. Llora sentada en el rellano, sin encontrar las llaves; luego entra, se lava la cara, se pone el pijama azul y va a mirar dormir a Handan, su hija adolescente, lo único hermoso que le confiaron.
La novela avanza por acumulación de detalles domésticos —un plato nuevo salvado del suelo, unas bragas de algodón, unas botas moradas— y construye con ellos un retrato feroz y compasivo de la adolescencia, la maternidad y la vergüenza de clase. El cuerpo del juncal queda flotando en el fondo, como una promesa de que todas estas vidas están a punto de cruzarse.
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