Felben Cuplatt se presenta en la oficina de Crizby Rumbo, vicepresidente de Transportes Cosmocarga, para informar sobre otro desastre: un carguero más ha sido emboscado por corsarios que reclaman actuar para el Imperio.
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Felben Cuplatt se presenta en la oficina de Crizby Rumbo, vicepresidente de Transportes Cosmocarga, para informar sobre otro desastre: un carguero más ha sido emboscado por corsarios que reclaman actuar para el Imperio. Es el tercero en poco tiempo. La Nueva República, desbordada, retira su protección militar. Rumbo rechaza la pasividad y ordena una solución radical: no solo defenderse, sino capturar y castigar a los corsarios. Encarga a Cuplatt una misión: reclutar lo que ambos llamarán «marines independientes» para tender una trampa a los piratas en los muelles de carga.
Felben Cuplatt siente el nerviosismo recorrer su cuerpo cuando pulsa el intercomunicador en el marco de la puerta. Sus ojos se clavaban en las letras negras que identifican el espacio: «Crizby Rumbo, Vicepresidente, Transportes Cosmocarga». La voz que resuena desde el altavoz parece la de una bestia iracunda, y Cuplatt lucha contra el impulso de huir. Se mantiene firme en su lugar.
Cuando la puerta se desliza abierta, nubes de humo nauseabundo escapan hacia el pasillo. Cuplatt ahoga una tos mientras entra en la oficina. Encuentra a un hombre grueso y rubicundo sentado tras un escritorio, con un cigarro puro sostenido entre dientes amarillentos. Todo en la escena evoca los sórdidos salones de juego que visitó Cuplatt en sus últimas vacaciones.
Lo que Cuplatt trae son malas noticias. Las expone con precisión: otro carguero ha sido emboscado. Corsarios que se identifican como agentes del Imperio abordaron la nave, confiscaron un cargamento completo de seda llameante rodiana y asesinaron al capitán cuando intentó resistirse. El copiloto logró traer la nave de regreso, pero vacía.
Lo más perturbador es que este es el tercer incidente. Los dos anteriores no sufrieron ataque porque contaban con escolta de cazas ala-X. Los corsarios tienen escrúpulos: no atacan naves protegidas. Pero esa protección se ha evaporado. La Nueva República, con arcas agotadas y efectivos dispersos simplemente manteniendo unido un gobierno que se desmorona, ya no puede permitirse mantener escoltas militares. Ni siquiera para corporaciones que operan en su territorio.
Rumbo expresa su furia con claridad. Es absurdo que la Nueva República se niegue a protegerlos mientras exige ser el primero en reclamar cuando sus propios envíos se retrasan. Cuplatt sugiere tímidamente que la empresa podría financiar sus propias escoltas militares, pero Rumbo rechaza la idea: sería demasiado costoso.
Lo que Rumbo desea es más radical. No quiere simplemente defenderse; quiere que los ataques terminen. La única manera es capturar a los corsarios en el acto, cuando intenten abordar un carguero. Rumbo ordena a Cuplatt que organice una emboscada en los muelles. Que contrate ayuda barata para ejecutarla.
Cuplatt protesta. Reclutar mercenarios suena a cruzar una línea que no debería cruzarse. Pero Rumbo corta la objeción: no los llamarán «mercenarios». Esa palabra generaría problemas de relaciones públicas. Los llamarán «marines independientes». Una frase que convierte lo potencialmente ilegal en algo respetable.
En ese momento, la corporación ha decidido que el orden galáctico ya no puede proporcionarle lo que necesita. Tendrá que convertirse en su propio brazo armado, tomar la justicia en sus propias manos. Todo disfrazado con un lenguaje corporativo que todos entienden es eufemismo de una verdad más cruda: en una galaxia donde las estructuras de poder se desmoronan, las corporaciones privadas están tomando el poder que los gobiernos ya no pueden mantener.
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