Un padre recoge en la clínica de un amigo veterinario a un gatito negro de dos meses, abandonado bajo un coche y rechazado por los gatos de su primera protectora, y lo lleva a un piso donde dos niños esperaban un perro.
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Un padre recoge en la clínica de un amigo veterinario a un gatito negro de dos meses, abandonado bajo un coche y rechazado por los gatos de su primera protectora, y lo lleva a un piso donde dos niños esperaban un perro. Con la muerte del animal trece años después como punto de partida, el narrador escribe para fijar lo que teme perder: cómo Falcó entró en la casa, cómo se enredó en la vida de Jordi y Mariam, y cómo alrededor de esa presencia discreta se fueron dibujando un matrimonio que terminaba, unos abuelos divididos y una manera callada de educar. Memoria doméstica sobre lo que el cariño por un animal revela de quienes lo rodean.
El libro arranca con una pérdida ya consumada: el narrador acaba de enterrar a su gato y decide escribir para que el recuerdo no siga el camino del cuerpo. Lo que sigue no es una elegía sostenida, sino la reconstrucción paciente de trece años de convivencia, contada primero para sí mismo y para sus dos hijos.
El punto de partida es una negociación familiar. Los niños quieren un perro; los padres, cada uno por sus razones —el desorden, el piso pequeño, los viajes frecuentes, una sensación de estar ya bastante encadenado—, se resisten. La palabra “gato”, pronunciada casi sin cálculo, desbloquea el asunto. Un amigo del instituto convertido en veterinario promete conseguir uno y, semanas después, entrega un cachorro negro de raza cartujo al que Jordi bautizará Falcó, nombre catalán del halcón, tomado de una excursión escolar a la Cumbre de las Águilas.
La llegada organiza el libro en escenas breves y nítidas: la bolsa de transporte que el padre abre y cierra como un niño con la cremallera de su primer anorak, la desaparición del gatito el día del estreno y la búsqueda habitación por habitación que solo resuelve un disco de Manuel de Falla puesto en la platina, las primeras noches en que los hermanos se encierran con él para que no los deje, el periquito Mozart que muere de forma violenta durante un viaje del padre y cuya culpa recae injustamente sobre el gato hasta que una hipótesis del veterinario —una gaviota— devuelve la paz a la casa. Están también los diez días de vacaciones y el regreso, con un animal enfebrecido corriendo por el recibidor.
Alrededor de esas anécdotas se filtra lo que el libro cuenta de verdad. La madre, que dio el visto bueno a regañadientes y repitió cien veces que ella no lo cuidaría, aparece progresivamente al margen de la trama afectiva de la casa; el narrador señala su distancia sin ensañarse, y el lector entiende que asiste al final de un matrimonio contado por elipsis. Unos abuelos recuerdan con ternura los gatos de su infancia y otros siembran en los niños miedos a infecciones y alergias cuando el padre no está delante. Frente a eso, el narrador practica una pedagogía del silencio: observa a sus hijos acariciar al animal, no comenta lo que ve, no convierte la ternura infantil en mérito exhibible, convencido de que señalar lo que uno hace bien estropea la espontaneidad de quien lo hace.
Ese es el hilo reflexivo que sostiene el conjunto. El gato funciona como puesto de observación: desde él se piensa en la autoridad y sus límites, en el candor que se pierde al crecer sin que nadie registre la pérdida, en la conveniencia de aprender a no saberlo todo de los seres queridos, en el trato con quienes vampirizan o se camuflan. Y en la memoria misma, que el narrador descubre porosa —Jordi le corrige fechas y detalles, y él anota la corrección en el propio texto en vez de disimularla.
Un prólogo de Javier Urra sitúa el tono: un hombre sereno, observador y crítico que escribe sobre lo cotidiano sin confundirlo con lo banal, y que consigue que el lector siga leyendo una historia sin acontecimientos extraordinarios. El resultado es un libro hogareño e intimista, hecho de sustos pequeños y afectos duraderos, donde un animal incapaz de doblez sirve para medir la calidad humana de todos los demás.
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