Amanda tiene veinticinco años, noventa kilos y una vida que cabe entera dentro de su habitación: el desayuno que su madre le deja listo, la cámara con la que fotografía pájaros desde el jardín y un videojuego de realidad virtual donde…
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Amanda tiene veinticinco años, noventa kilos y una vida que cabe entera dentro de su habitación: el desayuno que su madre le deja listo, la cámara con la que fotografía pájaros desde el jardín y un videojuego de realidad virtual donde lidera un clan y se llama Riuka. La llegada de un vecino nuevo —Zac, joven, atlético, amable— rompe esa quietud, pero el giro real llega con Eleonor, la novia de Zac, que se acerca sin juzgarla y le ofrece algo que nadie le había ofrecido antes: ayuda. Con una libreta, una pregunta incómoda y un primer paseo de media hora, Amanda empieza a mirar de frente lo que llevaba años tapando con comida.
«Dulce prohibido», de Ingrid Petov, arranca dentro de un sueño y termina de arrancar cuando la voz de la madre lo interrumpe. Así funciona la vida de Amanda: la fantasía primero, la realidad después, y entre las dos un plato de huevos fritos, bacon y tortitas con sirope. Tiene veinticinco años, pesa noventa kilos, vive con su madre en una casa de pueblo y ha reducido su mundo a tres refugios —la comida, la fotografía y las mazmorras—. En el juego de realidad virtual al que dedica jornadas enteras no es Amanda: es Riuka, líder de clan, valiente y decidida, con un cuerpo que no le pide nada. Fuera de la pantalla, la vida social se apagó sola: las amigas de siempre se emparejaron, las quedadas se volvieron excusas cada vez más elaboradas, y a los veintidós ella misma se salió del grupo esperando una reacción que nunca llegó.
La casa abandonada de al lado se vende y con el camión de mudanza aparece Zac: moreno, de ojos verdes, sonrisa perfecta, exactamente el chico con el que Amanda ha soñado toda su vida. Ella lo fotografía a escondidas desde un ángulo muerto y se arrastra por el césped para no ser vista, convencida de que un hombre así solo puede reírse de una gordita que aún vive con su madre. Los encuentros posteriores tienen algo de castigo cómico: Zac la conoce mientras el repartidor le entrega dos pizzas, la sorprende espiándole desde la ventana, la encuentra a las seis de la mañana escondiendo la bolsa de envases de un atracón nocturno. La aparición de Patty, la prima delgada y viperina que viene a vivir una temporada con ellas, añade otra voz que opina sobre su cuerpo sin haber sido invitada.
El personaje que de verdad mueve la historia, sin embargo, es Eleonor: la novia de Zac, fuerte y luminosa, que se muda al pueblo para no alejarse de él y que mira las tres bolsas de compra de Amanda —tortitas, nata, sirope, nuggets, dulce de leche— y le dice, en voz baja, que cree que puede ayudarla. Amanda desconfía de tanta buena voluntad, busca la puñalada, pregunta qué gana ella con esto. La respuesta no es una dieta milagro: es una libreta, un peso escrito en una hoja, dos deberes incómodos —por qué no has cambiado antes y qué estás dispuesta a sacrificar— y un paseo de media hora al lado de Zac, con una lesión de rodilla inventada para que él afloje el paso sin saber por qué.
A partir de ahí la novela deja de girar alrededor del vecino guapo. Amanda desinstala el juego después de perder una batalla por primera vez, se despide a medias de Kugami —el compañero de clan al que quiere sin haberle visto nunca la cara, y al que teme conocer porque eso la mandaría directa a la friendzone— y escribe en el folio la única respuesta que le sale: todo. Petov narra desde dentro de la cabeza de su protagonista, con un monólogo de preguntas encadenadas, ironía defensiva y una honestidad incómoda sobre los atracones, el efecto rebote, los sustitutivos alimenticios que no funcionan y el círculo vicioso que los sostiene: estás gorda porque comes, comes porque estás gorda, no tienes vida porque pesas, no te importa pesar porque no esperas nada. Lo prohibido del título no acaba siendo un hombre, sino la posibilidad de desear otra vida y atreverse a intentarla.
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