Efraín, once años, cambia la playa por el mercado de La Vega, donde su tío Abelardo le encarga ordenar un subterráneo repleto de objetos olvidados.
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Efraín, once años, cambia la playa por el mercado de La Vega, donde su tío Abelardo le encarga ordenar un subterráneo repleto de objetos olvidados. Entre maniquíes, cajas polvorientas y una caja cerrada con candado, el niño descubre un pasillo oculto del que llega el canto de una niña. Con cuatro amigos del mercado emprende una búsqueda que mezcla miedo, amistad y memoria, y convierte unas vacaciones impuestas en la aventura de su vida.
El primer lunes de enero, cuando todavía es de noche, Efraín Garcés descubre que su verano no transcurrirá en la costa sino en La Vega, el gran mercado de abastos de Santiago. Sus padres deben trabajar y la única alternativa es pasar las mañanas en El Paraíso, el local de frutas y verduras de su tío Abelardo. Lo que empieza como una decepción cambia de signo apenas el niño repara en una tapa de madera en el suelo del galpón: debajo hay un subterráneo sin ventanas, cargado de trastos que nadie reclamó en décadas.
El encargo de limpiarlo se vuelve una excavación de otra clase. Entre maniquíes que asustan, baúles de ropa vieja y fotografías amarillas, Efraín encuentra una caja pintada con un paisaje de campo y firmada por una tal Jacinta; un sueño le indica dónde está la llave. Detrás de los maniquíes aparece además una puerta pequeña y, tras ella, un pasillo helado del que brota el canto dulce de una niña.
El miedo lo detiene hasta que la aventura deja de ser solitaria. Guiado por el Sopita —un carretonero anciano, desdentado y de edad indefinida que conoce cada pasillo del mercado y jura conocer también a sus fantasmas—, Efraín conoce a Joselote y a su hermano pequeño Cocoliso, que duermen bajo un puente del Mapocho; a Rayén, hija de una machi mapuche; y a Ramoncito, hijo del carnicero español, que sueña con ser torero. Los cinco bajan juntos y enfrentan lo que habita el espejo del fondo: una presencia que pide ayuda para cerrar una historia interrumpida hace muchísimos años, cuando una muchacha llegada del campo se perdió en la ciudad buscando a su hermano.
La búsqueda de ese hermano lleva a los niños a recorrer puestos, quesos, pescados y rumores, hasta un hallazgo que estaba mucho más cerca de lo que imaginaban. Escrita con el habla viva del mercado y una mirada atenta a la desigualdad —hay veranos que no se eligen y niños que no tienen adónde ir—, la historia entrelaza relato de aparecidos, retrato urbano y crónica afectiva de un lugar centenario. El resultado es una narración breve sobre la amistad como forma de coraje, y sobre la idea de que ordenar lo que otros abandonaron puede ser también devolverle a alguien su descanso.
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