Una mujer llamada Eguz, de mirada ámbar inolvidable, es internada en un centro psiquiátrico tras torturar a un hombre con una brutalidad que nadie logra explicar.
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Una mujer llamada Eguz, de mirada ámbar inolvidable, es internada en un centro psiquiátrico tras torturar a un hombre con una brutalidad que nadie logra explicar. El veredicto habla de esquizofrenia; su conducta serena y lúcida dice otra cosa. Un periodista obsesionado con el silencio que rodeó el caso reconstruye, años después, cómo una mujer sin dinero ni familia llegó desde los bares de Lisboa hasta un encargo del que juró haberse retirado.
Todo empieza con un papel escrito a mano sobre la imaginación humana y una pregunta sencilla: «¿Tú has escrito esto?». Quien pregunta es Ane, una psiquiatra recién especializada, con expediente brillante y ninguna malicia, la última profesional disponible después de que todos los demás encontraran excusas para no atender a Eguz. Quien calla es la paciente: una mujer tranquila que lee, entrena, contempla el cielo y no toma la medicación que debería adormecerla. El tribunal decidió que un brote de esquizofrenia paranoide explicaba el ataque atroz contra un desconocido. El comportamiento de Eguz en el encierro no encaja con ese diagnóstico, y ese desajuste es la grieta por donde entra la novela.
El relato lo sostiene un narrador que fue testigo lateral: un estudiante de periodismo que asistió, en el despacho de su decano, a la llamada que enterró la noticia. Apellidos vascos con peso, donaciones a la universidad, presiones desde arriba y un caso jugosísimo que jamás llegó a los periódicos. De esa obsesión juvenil nace la investigación que ordena estas páginas, con sus entrevistas tardías, sus diarios recuperados y sus huecos rellenados —el propio narrador lo admite— con más ficción de la que le hubiera gustado.
Diez u once meses antes, Eguz vive en Lisboa a la deriva: despierta en camas ajenas del barrio de Belém, lava su ropa en casas de desconocidos, elige a sus anfitriones con ojo de tasadora y bebe demasiado en Bairro Alto. Es dura, obscena, divertidísima y profundamente sola. Una carta firmada «te quiere, tu tío» la cita en Alfama, y ella acude sabiendo que camina hacia la boca del lobo: el hombre que la crió en un oficio que ahora dice haber abandonado no llama para invitarla a cenar. Del encuentro salen una pistola apoyada en su frente, una huida a la orilla del Tejo y un guardaespaldas colombiano con el que sostiene un pulso verbal tan cruel como íntimo.
Entre capítulo y capítulo se abre otra historia: la de Rodrigo, un niño de nueve años que juega al fútbol y escribe poemas para su madre, y que un día se queda paralizado ante una pared de tabla mientras dos hombres deciden el destino de ella. Es la herida que explica lealtades futuras.
Una novela negra sobre violencia heredada, máscaras sociales y el precio de la impunidad, narrada con una voz que desconfía tanto de los monstruos evidentes como de la gente que parece buena.