Eira tiene 24 años, vive con su familia adoptiva y trabaja en una librería que adora. Lucha contra el insomnio mientras intenta olvidar a su ex tóxico, Allan.
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Eira tiene 24 años, vive con su familia adoptiva y trabaja en una librería que adora. Lucha contra el insomnio mientras intenta olvidar a su ex tóxico, Allan. Entre el apoyo incondicional de su hermano Mike y su mejor amiga Alice, su vida cotidiana transcurre en una pequeña ciudad donde el amor parece estar reservado para otros, hasta que su misterioso vecino, alto y rubio como un vikingo, comienza a notar su presencia.
Eira es una joven de veinticuatro años marcada por la orfandad temprana. Criada por Angy y Paul, dos personas que la aman como a una hija propia, ha construido una vida modesta pero significativa en una pequeña ciudad. Trabaja en una librería de esas que resisten al paso del tiempo, un refugio donde los libros son su consuelo diario.
Cada mañana lucha contra el insomnio que la persigue, medicamentos que no funcionan y noches largas de preocupaciones sin nombre. Vive acompañada de Mike, su hermano adoptivo, e impulsa su vida adelante con pequeños gestos: caminatas al trabajo, yoga nocturno, conversaciones tranquilas. Sin embargo, bajo esa aparente normalidad existe una soledad profunda que ni la música ni el trabajo logran llenar.
Su círculo es reducido pero leal: Mike, su hermano de sangre en todo excepto en la biología, y Alice, su mejor amiga. Son los únicos testigos de las cicatrices que dejó Allan, su expareja, alguien cuyo amor fue en realidad control y desconfianza. Sus palabras aún resuenan: «nadie quiere a las almas rotas y abandonadas». Un fantasma que reaparece cuando menos lo espera.
Entonces, en la penumbra de un atardecer lluvioso, aparece él: su vecino, ese hombre que encarna el lado opuesto de su existencia cotidiana. Alto, rubio, con una presencia que parece traído de mundos más vividos. Un extraño que comienza a notar a Eira de una manera que cambiará todo lo que conoce.