En la sala 56 de la National Gallery, un cuadro pintado en 1434 detiene a los visitantes dos o tres minutos y los despide sin respuesta. Jean-Philippe Postel vuelve a él con lupa y paciencia para demostrar que casi nada de lo que creemos…
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En la sala 56 de la National Gallery, un cuadro pintado en 1434 detiene a los visitantes dos o tres minutos y los despide sin respuesta. Jean-Philippe Postel vuelve a él con lupa y paciencia para demostrar que casi nada de lo que creemos ver está realmente allí. Su lectura del doble retrato de Van Eyck avanza como una novela policíaca: señuelos, reflejos, una firma ambigua y un título tramposo que durante siglos desviaron la mirada del verdadero asunto.
Todo empieza con un gesto mínimo: dos personas de pie en una habitación se dan la mano y no se miran. Ese desencuentro de miradas —que Daniel Pennac evoca en el prefacio, recordando su primer encuentro con la pareja en Londres— es la grieta por la que se cuela esta investigación.
Jean-Philippe Postel parte de lo poco que puede afirmarse con certeza. La tabla de roble mide 84,5 por 62,5 centímetros y lleva sobre el espejo una frase en mal latín, «Johannes de Eyck fuit hic 1434», que no dice «hizo» ni «terminó», sino «estuvo aquí»: ni siquiera sabemos si el pintor fue testigo o protagonista. Desde ahí el libro reconstruye dos historias paralelas. La del objeto: los inventarios flamencos y españoles, el paso por las colecciones de Margarita de Austria y María de Hungría, la Sala Chica del Alcázar, el incendio de 1734, la desaparición durante las guerras napoleónicas, la turbia reaparición en manos de un oficial herido en Waterloo y la entrada en la National Gallery en 1843. Y la de sus lecturas: un desfile de hipótesis —boda secreta, esponsales, autorretrato, legitimación, escena de quiromancia, homenaje fúnebre— que se suceden, se contradicen y caducan cada vez que aparece un documento nuevo.
El autor muestra hasta qué punto las certezas heredadas son frágiles. La identificación con la familia Arnolfini descansa en una simple semejanza fonética; la esposa candidata llevaba muerta más de un año en 1434; el nombre con que el cuadro se conoció durante casi un siglo, Hernoul-le-Fin, era entonces el apodo corriente del marido engañado, reforzado por unos versos de Ovidio que alguien pintó en el marco hoy perdido. Postel propone leer ese título como un cebo deliberado: un trampantojo que ofrece una escena de género para que nadie busque lo que de verdad está pintado.
Quedan los indicios que nadie explica del todo: los postigos que Margarita de Austria mandó cerrar con llave, ciertos detalles minúsculos en el espejo, un laberinto de reflejos. El libro invita a hacer lo único que sirve: acercarse y observar.