Premi Sant Jordi 2020. Un segundo fin de semana de septiembre, Laura conduce cinco horas hasta el chalet familiar junto a un lago del Quebec para celebrar el cumpleaños de su madre.
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Premi Sant Jordi 2020. Un segundo fin de semana de septiembre, Laura conduce cinco horas hasta el chalet familiar junto a un lago del Quebec para celebrar el cumpleaños de su madre. La esperan hermanos, cuñados, sobrinas y una casa empeñada en no cambiar. Bajo la charla, los baños helados y las bromas de siempre late otra voz, la de alguien que va perdiendo la memoria y las palabras. Una novela coral sobre la familia, el lenguaje y el agua.
Todo empieza con una voz sin nombre que se habla a sí misma en segunda persona: un diagnóstico irreversible, la memoria que se afloja, las palabras que se retiran una a una. De ese monólogo sale la pregunta que atraviesa el libro: qué queda de una persona cuando se acaba la lengua que la sostiene.
Después el relato se traslada a un fin de semana de septiembre, en algún punto de los años noventa. Laura conduce cinco horas desde Gatineau hasta el chalet familiar a orillas de un lago, con sus dos hijos adolescentes detrás y la perra vieja resignada sobre una manta. Es el cumpleaños de su madre y, por una vez, va a estar toda la familia: la hermana que lee en el muelle, el cuñado que ahora tala leña y recita a Shakespeare, las sobrinas que han crecido de golpe, el hermano que llega de Montreal con una sorpresa. La casa, en cambio, no ha cambiado: la misma quemadura en la moqueta, los mismos cuadros de naufragios, el padre muerto hace once años disputándole todavía las paredes a la madre.
Mientras el clan se reúne, la novela abre otra puerta. En Montreal, JP regenta un videoclub y se ha enamorado de una belga a la que nadie de su entorno acaba de creer real. A su mostrador vuelve cada semana un cliente que alquila siempre la misma película y que ha empezado a fotografiar a una vecina por la calle, convencido de que las casualidades no existen. Lo cómico y lo inquietante comparten plano sin avisar cuál de los dos manda.
Con humor seco, diálogo rápido y un oído fino para lo que las familias dicen con tal de no decir, el libro avanza por acumulación de escenas: un baño ritual en agua helada, una moneda que tintinea en una fuente de cristal, una discusión sobre videojuegos que en realidad es otra discusión. El agua lo ordena todo —el lago, el cuerpo que apenas la retiene, el verano que técnicamente aún no ha terminado— y bajo esa superficie sigue esperando la pregunta del principio.
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