Cuatro hermanos con dones sobrenaturales han hecho del secreto su forma de vida. Cuando el mayor, Olivier, despierta drogado en una cuneta sin recuerdo de la noche anterior, descubre que alguien lo usó como pieza de un plan ajeno: una…
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Cuatro hermanos con dones sobrenaturales han hecho del secreto su forma de vida. Cuando el mayor, Olivier, despierta drogado en una cuneta sin recuerdo de la noche anterior, descubre que alguien lo usó como pieza de un plan ajeno: una mujer también drogada, un encuentro que ninguno de los dos eligió del todo y una nota manuscrita que habla de un niño por venir. Primer libro de la saga de los hermanos Chandelin, entre romance paranormal, misterio y brujería.
«El aliento de un embrujo» abre la saga de los hermanos Chandelin con una confesión: Hugo, el menor de cuatro varones, decide por fin contar lo que su familia ha ocultado durante décadas. Los cuatro poseen facultades que los sitúan al margen de lo común —telepatía entre ellos, hipnosis, un olfato capaz de rastrear auras y olores, un cuerpo que arde—, y esa singularidad les ha impuesto una disciplina férrea: ninguna broma, ningún desliz, ninguna huella. El precio del error no es la vergüenza, sino la persecución, el encierro y la disección en nombre de una ciencia sin escrúpulos.
La historia arranca con Olivier, el hermano mayor, recobrando la conciencia a jirones: frío, dolor, un costado en carne viva y un vacío de horas enteras en la memoria. Sus hermanos lo han encontrado inconsciente en una zanja, casi desnudo, después de que su mente emitiera una llamada de auxilio que él mismo trató de sofocar para no ponerlos en riesgo. Lo que Gabriel detecta en su piel no es una droga química, sino algo vegetal; y lo que percibe además —el rastro de una mujer— convierte la desmemoria en algo mucho más grave que una noche perdida. Bajo hipnosis, Olivier recupera fragmentos: un compañero de trabajo insistente, un zumo, una escalera, una habitación de hotel y una desconocida pelirroja empujada hacia él por un extraño, los dos consumidos por un deseo que no les pertenecía y por un dolor que solo cedía de una manera.
El relato cambia entonces de voz. Lisa despierta convencida de haber tenido un sueño erótico extraordinariamente nítido, hasta que su propio cuerpo la desmiente. Reconoce en su boca el sabor de la belladona y comprende que ha sido hechizada la víspera de su vigésimo octavo cumpleaños, justo antes del umbral en que su poder debía volverla inalcanzable. Bruja, heredera de una maldición que ha marcado a las mujeres de su familia y atada a un juramento que acaba de romperse sin su consentimiento, se niega a denunciar: quienes orquestaron todo están infiltrados en todas partes. Su amiga Hannah, médica, insiste en preservar pruebas y en tomar precauciones; Lisa se resiste a ambas cosas. En su mesilla ha quedado una nota escrita con caligrafía femenina que dice haberlos salvado a los dos y le pide conservar al niño, porque la hará más fuerte.
Desde ese doble punto de partida —un hombre que se siente instrumentalizado y una mujer que se sabe blanco de una trama antigua— la novela avanza sobre preguntas gemelas: quién eligió a Olivier y por qué, qué secta o red persigue a Lisa, de quién es la mano que escribió la nota, y qué significa el vínculo que los deja a ambos incompletos cuando están separados. Mientras Gabriel y Hugo salen a buscar al colega que sirvió la copa, Olivier carga con el peso moral de un acto que ninguno de los dos pudo consentir libremente, y Lisa con la certeza de que lo ocurrido ha inaugurado algo, no cerrado nada.
El tono combina el humor fraterno —los dos hermanos menores son incorregibles, y las réplicas entre ellos aligeran incluso las escenas más tensas— con el thriller de conspiración y el romance paranormal de destino compartido. La obra incluye escenas eróticas explícitas, según advierte la propia autora, y está construida como el primer tramo de una serie: aquí se plantan las claves y se abren las heridas que los libros siguientes tendrán que explicar.
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