Ensayo de historia espiritual que recorre el romanticismo alemán guiado por una sola pregunta: qué relación mantenemos con aquello que soñamos. Reeditado y aligerado por su autor —que firma A. B.
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Ensayo de historia espiritual que recorre el romanticismo alemán guiado por una sola pregunta: qué relación mantenemos con aquello que soñamos. Reeditado y aligerado por su autor —que firma A. B.— en 1939, el libro renuncia a definir una escuela para escuchar, en poetas y filósofos de la naturaleza, la melodía común de una experiencia interior.
Un hombre que ha leído a Rimbaud, a Nerval y a los surrealistas reconoce de pronto, bajo esas voces recientes, la canción de un bosque más antiguo: los cuentos alemanes de su infancia, Hoffmann, Eichendorff. De ese reconocimiento nace este libro, que no se presenta como un tratado sino como el itinerario de una búsqueda. Su punto de partida es una pregunta que el autor considera inseparable de la existencia misma, y no del pensamiento abstracto: ¿soy yo el que sueña? De ella se desprenden todas las demás. Dónde trazamos la frontera entre lo que somos y lo que no somos; si las imágenes que nos visitan de noche son un desecho del azar o el lenguaje de algo más vasto que nosotros; si conviene ver en ellas un relajamiento de las facultades o el acceso privilegiado a un conocimiento que la vigilia no concede.
La obra sostiene que toda época puede definirse por el trato que establece entre el sueño y la vigilia, y elige examinar aquella —la Alemania en torno a 1800— que llevó ese trato a su punto de mayor tensión. El autor rechaza de entrada dos tentaciones. La primera, la de encerrar el romanticismo en una fórmula: confiesa haber ido de fracaso en fracaso entre las síntesis de la crítica y haberse resignado a escoger a sus románticos por afinidad, según su actitud ante el sueño. La segunda, la del método psicoanalítico, al que dedica una objeción doble: su metafísica encierra al individuo en un ciclo cerrado, mientras los románticos suponen la vida oscura en comunicación con una realidad anterior y superior a la persona; y, aplicado a la obra de arte, la reduce a síntoma, la trata como documento clínico y confunde el destino del poema con la neurosis del autor.
El libro se organiza en grandes partes que anteponen a los pensadores —los filósofos de la naturaleza, que dieron versión discursiva a las intuiciones de los poetas— sobre el orden estrictamente cronológico, porque el propósito no es rastrear influencias. Ese desplazamiento es deliberado: lo que importa son las afinidades que fundan familias espirituales, no las vías por las que viajan los temas. La primera parte, dedicada al sueño y la naturaleza, se abre con un capítulo que muestra hasta qué punto los racionalistas del siglo XVIII se ocuparon ya de la vida onírica, con una mezcla de hostilidad y fascinación: querían reducir el sueño a fenómeno natural y a la vez se demoraban con placer en la penumbra que sus antorchas poblaban de fantasmas.
La edición revisada añade una advertencia en la que el autor rinde cuentas de sus propias enmiendas. Ha condensado el texto para reunirlo en un solo volumen, ha suprimido el aparato crítico y una bibliografía de más de quinientos títulos, ha corregido errores de hecho sin retocar afirmaciones que ya no lo satisfacen, y enumera con franqueza sus omisiones: Lautréamont, Julien Green, un simbolismo tratado con excesiva brevedad, y sobre todo dos autores que juzga demasiado singulares para caber sin violencia en su tradición. Menciona también la colaboración que le permitió sustituir sus versiones literales por traducciones poéticas de Hölderlin, Novalis, Eichendorff y Brentano.
El resultado es un ensayo que asume su parte de implicación personal como condición de honradez, no como licencia: la información exacta es el requisito previo, pero insuficiente, de una investigación donde se quiere oír una interrogación ineluctable. Su ambición declarada es modesta y difícil a la vez —que el lector reconozca, en el entrecruzamiento de los temas, la melodía peculiar del romanticismo, y que los textos citados le lleguen como signos graves de aquello que nuestro tiempo nos invita continuamente a olvidar.
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