En la muerte del maestro Edwin se cierra un capítulo de una vida marcada por el ascenso desde la pobreza más extrema a la riqueza absoluta. Su amante silenciosa, la madre del narrador, nunca reveló su pasión.
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En la muerte del maestro Edwin se cierra un capítulo de una vida marcada por el ascenso desde la pobreza más extrema a la riqueza absoluta. Su amante silenciosa, la madre del narrador, nunca reveló su pasión. A través de historias entrecruzadas, la novela desentierra a quienes la rodeaban: una madre traumatizada por castigos inexplicables y un padre que pasó de la miseria alpina a la riqueza industrial. Una meditación profunda sobre el amor no correspondido, la clase social y los destinos que germinan en silencio.
La muerte de Edwin, el director de orquesta más reconocido de su época y el hombre más rico de su país, ocurre de manera casi simbólica: se desploma mientras lee una partitura de la Sinfonía en Sol menor de Mozart, la obra que consideraba la más hermosa jamás compuesta. Un fragmento de pentagrama permanece en su mano inerte.
Su vida fue una trayectoria ascendente extraordinaria. De joven fue pobre como una rata, viviendo en un cuarto miserable del barrio industrial, furioso de ambición, excluido del conservatorio formal. Se educó en secreto con un compositor alcohólico que renunció a sus honorarios al descubrir su indigencia. Aprendió a dirigir casi por casualidad y comprendió de inmediato que ese era su destino.
Trabajó pintando postigos, atendiendo mesas, clasificando cartas, mientras se abría paso a través de Bach, Haydn, Debussy y toda la música que podía memorizar. El joven hambriento se convirtió en el director internacional más cotizado, exigiendo honorarios equiparables a los de Bruno Walter y Otto Klemperer. Acumuló una fortuna inconmensurable y la colección de partituras más valiosa del mundo.
Pero la novela revela otro hilo: la madre del narrador lo amó en silencio durante toda su vida, sin que Edwin jamás lo supiera. Solo ella susurraba su nombre junto al lago, observando la orilla donde brillaba su mundo. Jamás dijo una palabra. Su pasión fue un secreto que moldeó completamente su existencia.
La infancia de esta madre fue un calvario. Su padre, Ultimo, la sometía a castigos inexplicables. Se le negaba entrada si llegaba tarde de la escuela; era obligada a comer yogur podrido bajo vigilancia; nadie quería quedarse con ella. No comprendía su misteriosa condición que la hacía indigna de amor. Solo en su mente se permitía vivir en un mundo interior de belleza radiante donde era querida por todos.
Y Ultimo mismo había recorrido un camino igualmente asombroso: de niño descalzo en las montañas de Domodossola a ingeniero que construyó el imperio industrial que Edwin terminaría poseyendo. Un tejido de destinos donde ambición, secretos y amor silencioso se entretejen de manera inevitable.
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