Una noche de excesos en una fiesta y una fosa cavada al borde de un camino forestal abren esta novela negra de David Navarro, donde la desaparición de Lucía obliga a su marido a sostener una versión de los hechos que se agrieta con cada…
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Una noche de excesos en una fiesta y una fosa cavada al borde de un camino forestal abren esta novela negra de David Navarro, donde la desaparición de Lucía obliga a su marido a sostener una versión de los hechos que se agrieta con cada pregunta. Mientras Carlos regresa al trabajo fingiendo el desconcierto del abandonado, una mano enguantada ensaya cuarenta veces la misma carta firmada por una mujer que ya no puede escribirla.
El amigo invisible arranca con dos escenas que se responden en espejo. En la primera, Lucía se mueve entre luces intermitentes, vodka y cuerpos apretados en la planta baja de una casa de campo convertida en fiesta clandestina; busca estímulos, poder y placer, y los encuentra tras una puerta roja, sin sospechar que unos ojos la vigilan desde la penumbra. En la segunda, alguien cava un hoyo a pocos metros de una carretera forestal, a dos grados bajo cero, repitiéndose que lo que hace no es lo correcto pero sí lo mejor. El cuerpo que espera en el asiento del coche todavía respira.
A partir de ahí, la novela se instala en la resaca moral del día siguiente. Carlos Pascual despierta atontado por una sobredosis de relajante muscular y ensaya, frente a su amigo Pablo y frente a Paula —la joven que se ocupa de la casa—, la frase que tendrá que sostener durante semanas: Lucía se ha ido, necesitaba tiempo. Nadie termina de creerlo del todo, y nadie se atreve a decirlo. Pablo insiste en acudir a la policía; Paula, que lo ha escuchado todo desde la cocina, retira de la bandeja una taza de café que ya no hace falta y guarda su desconcierto. En la oficina que el padre de Carlos levantó para agrupar las empresas familiares, cada mirada por encima de un monitor le parece una acusación, y solo la desbordada Andrea, incapaz de medir el volumen de sus confidencias, le ofrece una compañía sin interrogatorio.
En paralelo, en una habitación a oscuras y con persianas cerradas, unas manos enfundadas en guantes blancos llenan cuarenta folios con el mismo mensaje escrito a mano: “Prefiero no decirte dónde estoy. Tengo que pensar y reflexionar. Volveré a escribirte”. Los sobres llevan el nombre de Carlos. El primero es el decisivo; los demás dependerán de lo que ocurra después, porque quien escribe no piensa enviarlos todos: piensa observar.
Navarro construye así un thriller doméstico donde el crimen no es el enigma, sino el punto de partida. Lo que se investiga es la mentira: cómo se sostiene, quién la alimenta y a qué precio. Un matrimonio corroído por los estallidos de ira, una empleada de veintidós años enamorada en secreto de su jefe, un amigo demasiado inquieto y un fondo fiduciario de tres millones de euros componen un tablero donde cualquiera puede tener un motivo. Y sobre todo ello planea la figura que da título al libro: un testigo que no aparece, que sabe más de lo que debería y que ha decidido convertir el dolor ajeno en una función. Una novela sobre la culpa administrada en dosis pequeñas y sobre la incómoda certeza de que, en toda familia, alguien lleva tiempo mirando.
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