Verano de 1577. En Zahara de los Atunes, María, viuda y cabrera, cede por fin al sueño de su hijo Julio: marcharse a Sevilla, donde un niño distinto podría aprender algo más que a guardar cabras.
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Verano de 1577. En Zahara de los Atunes, María, viuda y cabrera, cede por fin al sueño de su hijo Julio: marcharse a Sevilla, donde un niño distinto podría aprender algo más que a guardar cabras. Esa misma noche cesa el viento de levante que protegía la costa y las velas negras alcanzan la playa. Cautivos y embarcados, madre e hijo son separados en el mercado de Túnez. Al otro lado del Mediterráneo, en Argel, el corsario más temido de su tiempo lo tiene todo y sigue sin conformarse.
Hay pueblos que sobreviven porque nadie repara en ellos. Zahara de los Atunes es uno: un puñado de casas apenas visibles desde el mar, pescadores demasiado pobres para merecer un asalto y un palacio a medio levantar cuyas torres de vigilancia siguen vacías por culpa de un pleito vecinal. Lo único que de verdad defiende a sus habitantes es el viento de levante, que hace casi imposible bogar hacia la costa. María lo sabe y por eso, cada anochecer, mira al mar antes de entrar en casa.
María enviudó joven y sacó adelante sola el rebaño y al niño. Julio tiene siete años, se pierde durante horas en lo alto de un árbol o al borde del acantilado con la mirada en ninguna parte, vuelve apedreado de los pocos juegos que comparte con otros críos y no aguanta un día entero de aprendiz en ningún oficio. En el pueblo se dice de él que es tonto y de ella que su desgracia es doble. Pero Julio ha aprendido a leer con don Diego, el clérigo, y le enseña a su madre lo que aprende; y don Diego le ha hablado de Sevilla, de las escuelas, de la universidad, sin explicarle que el saber es cosa de unos pocos y que a los hijos de los cabreros les está reservado otro destino. La noche en que María acepta vender las cabras y la casa y probar suerte en la ciudad, el levante se detiene. Entra el poniente, el mar se allana y los barcos pueden acercarse.
El asalto llega de madrugada, entre aullidos, sangre y una lengua que María no entiende. Maniatados, madre e hijo son llevados a una galera y encerrados en jaulas contiguas, junto a los animales robados, con otras cinco mujeres y seis niños del pueblo. En la travesía, María comprende cuánto puede costarle que sus captores averigüen cuál de esos niños es el suyo, y niega a Julio ante él para intentar protegerlo. En Túnez los separan de verdad: los niños a una casa, ella a otra, y desde una ventana estrecha ve el ritual del mercado —los dientes, las piernas, los ojos revisados uno a uno— y reconoce en él el mismo gesto con que ella compraba ganado. Antes de que se cierre la puerta alcanza a gritarle a su hijo la única cosa que todavía le pertenece: que nació libre, que volverá a serlo, que irá a buscarlo esté donde esté.
En paralelo, la novela cruza el Mediterráneo hacia Argel y sigue a Murad Rais, Morato Arráez para los cristianos, al que llaman el Grande. Regresa de un corso con decenas de esclavos y un noble español por cuyo rescate obtendrá una fortuna; la ciudad lo vitorea, nadie le lleva la contraria, cuenta con el favor del Pachá. Tiene tres esclavas cristianas a las que no ha tocado, una pretendiente rica y descarada que no consigue descifrarlo, y un viejo mentor, Dalí Mamí, que ya solo aspira a comprar niños en los mercados para convertirlos en soldados —como él mismo fue convertido en su día—. A Murad los mercados no le interesan: lo que quiere no está a la venta, y nada de lo que posee le parece bastante.
Sobre ese doble tablero —una madre que ha jurado recorrer un imperio de esclavos hasta encontrar a su hijo y un hombre que lo tiene todo salvo aquello que aún no sabe nombrar— avanza «El amo Murad»: una novela histórica ambientada en el Mediterráneo del siglo XVI, entre la costa gaditana, el mercado de Túnez y las calles de Argel, escrita con atención al detalle cotidiano de la esclavitud, el corso y la frontera religiosa. Una historia de cautiverio, de identidad y de promesas hechas en el peor momento posible, contada sin adornar la crudeza de la época ni renunciar a la ternura de lo que se quiere salvar de ella.