Un hombre recién separado descubre que su oído izquierdo, tomado por un zumbido que no cesa, ha empezado a captar lo que nadie debería oír: una lágrima al estrellarse contra el piso de un vagón, conversaciones ajenas a través de las…
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Un hombre recién separado descubre que su oído izquierdo, tomado por un zumbido que no cesa, ha empezado a captar lo que nadie debería oír: una lágrima al estrellarse contra el piso de un vagón, conversaciones ajenas a través de las paredes del subte, mensajes que no le pertenecen. Mientras espera una llamada que no llega, esa audición desbordada lo empuja a espiar la vida de su ex pareja y la de sus vecinos, hasta que lo que escucha deja de ser un consuelo y se vuelve una condena.
Saravia viaja parado en un vagón de subte cuando percibe algo imposible: el recorrido exacto de una lágrima por la mejilla de una desconocida y el instante en que revienta contra la chapa del piso. A ese sonido se le suman voces de otro vagón, frases sueltas sobre amores rotos y chicos indeseados, una música que escapa de unos auriculares a diez metros de distancia. Nada de eso debería llegarle, y sin embargo llega con una nitidez brutal. Persigue a las mujeres que hablaban, las pierde entre molinetes y escaleras mecánicas, y sale a una lluvia que le suena como una multitud pidiéndole silencio.
El origen de esa audición desmedida está fechado con precisión: el día en que Silvia lo dejó por teléfono, con un “porque sí” que nunca se convirtió en explicación. Desde entonces vive un zumbido en la oreja izquierda y una espera que le ocupó medio año de cama deshecha, sánguches traídos por la encargada del edificio y un dedo apretando la tecla de redial. La novela lo muestra convertido, literalmente, en un solo órgano: un hombre de setenta y cinco kilos reducido a oreja, con todo su cuerpo orientado hacia los cincuenta centímetros que lo separan del teléfono. La obsesión escala de la escucha pasiva al espionaje: descifra el código del contestador de Silvia, graba en casetes los mensajes de un amante que se anuncia con metáforas de estación y le devuelve, en cada frase ajena, la medida de su propia ausencia.
Alrededor de esa fijación se despliega un mundo de sonidos que Saravia no eligió recibir. Un diálogo que entra por la ventana abierta desde el departamento de arriba lo confronta con algo que preferiría no haber escuchado, y que al ser verificado con los ojos revela hasta qué punto su oído le entrega la realidad sin filtro y sin piedad. También lo alcanzan la ternura torpe de Celeste, que lo cuidó durante la depresión y ahora le reclama los alquileres atrasados; el mozo del restorán de siempre, a quien le miente que su mujer murió y a quien ya no podrá volver a mirar; la voz de una secretaria que le da turno para el lunes con un otorrinolaringólogo que los sábados juega al bowling.
El dolor avanza mientras la escucha se afina. Saravia se irriga los oídos, prueba conos de papel, hace vibrar un diapasón buscando el zumbido de una abeja y no oye nada; el afiche de la calle le informa que hasta la vista empieza a fallarle. Entre la música que le recuerda a Silvia —violines que él escuchaba como llanto puro— y el ruido del mundo que se le cuela sin permiso, la novela va tensando una pregunta incómoda: si oírlo todo no será, en el fondo, la peor forma de estar solo.
Escrita en una prosa de precisión casi física, atenta a la textura de cada ruido y al modo en que un cuerpo abandonado se vuelve puro instrumento receptor, la obra construye un retrato del duelo amoroso que evita el sentimentalismo y opta por la incomodidad. Su protagonista no es un héroe ni un enfermo pintoresco: es un hombre de cuarenta y tantos con corbata roja a lunares blancos, cuidadosamente elegante, cuya escucha extraordinaria termina exponiéndolo —también a él— ante la mirada de los demás.