Memorias de infancia de Olga, nacida en Sisak, Yugoslavia en 1923. Un relato íntimo que recorre los primeros años de su vida marcados por inundaciones, la deserción paternal, pobreza y una enfermedad ocular que casi la deja ciega.
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Memorias de infancia de Olga, nacida en Sisak, Yugoslavia en 1923. Un relato íntimo que recorre los primeros años de su vida marcados por inundaciones, la deserción paternal, pobreza y una enfermedad ocular que casi la deja ciega. Con el trasfondo de la Yugoslavia de entreguerras, la autora narra cómo aprendió a sobrevivir junto a su madre y abuela, descubriendo fortaleza y solidaridad familiar ante las adversidades.
Olga nace en Sisak el 20 de marzo de 1923, en una pequeña ciudad de Yugoslavia donde convergen tres ríos. Su padre, Josip Czepf, es contable; su madre, Slava, una mujer hermosa que trabaja en una fábrica local. Aunque comienzan con relativa comodidad, la inundación de 1926 marca el inicio de sus desventuras.
El golpe más duro llega cuando Olga tiene apenas seis años. Su padre, hastiado de los conflictos con la abuela Amalia, desaparece dejando una nota. Sin ingresos y con el orgullo que le impide aceptar ayuda, su madre se dedica al bordado, oficio que enseña a Olga desde los siete años. Noche tras noche trabajan a la luz de una lámpara de aceite, cosiendo encajes hasta altas horas.
La infancia no es solo sufrimiento. Su tío Drago regenta un restaurante junto al río donde guarda especialmente para ella cabeza de cordero. Su tío granjero la lleva en calesa por campos nevados, envuelta en estola de zorro. Estos destellos de alegría contrastan fuertemente con sus circunstancias.
A los diez años, un problema de visión la sumerge en la desesperación. Su vista se deteriora mientras trabaja inclinada sobre los encajes. Los especialistas de Zagreb no encuentran solución, y los gastos médicos casi arruinan a su madre. Fue una desconocida, la Señora Brun, quien diagnosticó la enfermedad: tenía dos filas de pestañas, una rareza desconocida entonces. Con aceite y pinzas extirpó las pestañas anormales, devolviéndole la visión en pocas semanas.
Luego, un respiro. Una amiga de su madre encuentra una carta dirigida a su padre desaparecido. Esto permite procedimientos legales. El tribunal ordena a Josip pagar cuatro años de manutención. Aunque limitado, el dinero ofrece tregua.
En el invierno de 1934, cuando tiene once años, su abuela muere el 6 de diciembre. Su madre, sumida en tristeza, expresa temor al futuro. Estos años le enseñan lecciones que pocos niños aprenden: responsabilidad, trabajo duro, resiliencia e importancia de la familia forjada en la adversidad.
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