Moira tiene veinticinco años, una boda a la vuelta de la esquina y la certeza de que su vida ya está decidida: once años junto a Adrià, un piso compartido y un futuro sin sobresaltos.
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Moira tiene veinticinco años, una boda a la vuelta de la esquina y la certeza de que su vida ya está decidida: once años junto a Adrià, un piso compartido y un futuro sin sobresaltos. Una despedida de solteros en una casa de la playa del Empordà basta para desmontarlo todo. Lo que empieza como un fin de semana de sangría, cartas y bromas entre amigos termina en una escena en la arena que parte su historia en dos y la obliga a preguntarse qué quiere realmente del amor y del deseo.
A los catorce años Moira creyó haber encontrado el amor definitivo; a los veinticinco está a punto de firmarlo. Con Adrià comparte piso, chistes privados y un relato compartido que ambos repiten como un rito: la playa de Empúries, el verano en que él corrió tras ella, los aparatos de ortodoncia, la certeza de ser la pareja de verano que sobrevivió al invierno. La boda la organizan las madres; ellos se reservan lo que consideran verdaderamente suyo, una despedida de solteros sin tópicos en la casa familiar de l’Escala, con sus dos mejores amigos: Greta, actriz en formación, magnética y provocadora, y Marc, tímido diseñador web que la mira desde lejos.
El fin de semana avanza entre calas, sol de mayo prematuro y conversaciones que rozan lo incómodo. Greta insiste en su tesis: la fidelidad es una herencia caduca, el sexo no es un pecado, la esperanza de vida ha vuelto imposible la promesa eterna. Moira se define anticuada y lo defiende sin dramatismo, aunque en su interior conviven fantasías que nunca ha nombrado y una insatisfacción que prefiere no examinar. Cuando una baraja de cartas extraviada envía a Adrià y Greta a la playa de noche, Moira descubre en la arena aquello que ninguna teoría sobre el deseo puede amortiguar.
Lo que sigue no es una venganza ni un duelo ordenado, sino una noche de tránsito: un bar de pueblo a punto de cerrar, un whisky de la isla de Skye que el barman llama “paño de lágrimas”, y Tom, pianista por vocación y camarero por necesidad, que la escucha sin corregirla y le devuelve una frase sencilla sobre la confianza rota. El viaje de madrugada hasta Barcelona, con Chopin sonando en un Mini prestado, abre una grieta distinta: no la del despecho, sino la de la curiosidad.
Narrada en primera persona, con humor ácido, referencias pop y una franqueza poco complaciente, esta novela sigue a una fotógrafa que debe reconstruirse desde cero cuando el guion que había asumido como propio se desmorona. Es un relato sobre la amistad que traiciona, la monogamia como elección y no como inercia, y el descubrimiento del deseo propio a una edad en la que todo parecía ya escrito.
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