En enero de 1903, a bordo del vapor Mooldera, una joven escocesa de veinte años viaja al Lejano Oriente para casarse con un hombre al que apenas conoce.
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En enero de 1903, a bordo del vapor Mooldera, una joven escocesa de veinte años viaja al Lejano Oriente para casarse con un hombre al que apenas conoce. Lo que empieza como un cuaderno destinado a su madre se convierte en un diario secreto: allí anota el calor, los delfines, el corsé escondido en el baúl y las advertencias de su carabina. Entre Adén y Colombo, Mary Mackenzie descubre que un viaje puede cambiar a una persona mucho antes de llegar a destino.
Escrita en forma de diario íntimo, la obra sigue a Mary Mackenzie durante las semanas que separan Europa de China a comienzos del siglo XX. Ha cumplido veinte años en alta mar, sin decírselo a nadie, y viaja en primera clase acompañada de una carabina, la señora Carswell, que entiende su papel como un deber sagrado contraído con la madre de la muchacha y vigila cada gesto con unos ojos que Mary compara con cuentas de azabache.
El itinerario —el golfo de Vizcaya, Malta, Port Said, el mar Rojo, Adén, el océano Índico, Colombo— ordena el relato, pero el verdadero movimiento es interior. Mary decide muy pronto que estas páginas no llegarán jamás a Edimburgo: quiere escribir cosas que su madre no debe leer nunca. Se quita el corsé nuevo y lo esconde en el equipaje, abandona el libro de pensamientos devotos que le regalaron, empieza a desear el curri que siempre detestó y una copa de vino que rechaza por costumbre más que por convicción. «Las personas cambian al este de Suez», ha oído decir, y la idea la fascina tanto como la inquieta.
A su alrededor se despliega, con precisión casi documental, la sociedad flotante del imperio: el reparto rígido de las cubiertas, los pasajeros de segunda que solo suben para el Culto Divino, las tarjetas de visita y las listas de invitados del gobernador, un juez que bebe whisky desde la sopa, un capitán escocés formado en los veleros del cereal, un segundo oficial galés de manos demasiado grandes, un médico de pasado dudoso y mirada atrevida. Un concierto en la sala de fumadores —territorio vedado a una señorita— se convierte en el pequeño acto de desobediencia que enfrenta abiertamente a Mary con su acompañante.
La escritura, deliberadamente ingenua y observadora, deja ver más de lo que su narradora comprende: el prejuicio colonial repetido sin examen, la curiosidad hacia una mujer de segunda clase con la que no puede hablar, el temor no formulado a un matrimonio pactado. En la proa, mientras los delfines saltan delante del barco, Mary siente por un instante que nada de lo que la espera en Oriente debería darle miedo. El lector sospecha lo contrario, y esa distancia entre la voz y lo narrado sostiene toda la obra.
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