En el cambio de milenio, una joven pareja chilena —él aspirante a escritor, ella actriz recién egresada— decide dejar atrás un país que sienten estrecho y probar suerte en España.
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En el cambio de milenio, una joven pareja chilena —él aspirante a escritor, ella actriz recién egresada— decide dejar atrás un país que sienten estrecho y probar suerte en España. Once años después, el hombre que ideó esa historia la reencuentra a medio terminar en un disco duro viejo y se propone corregirla, sin sospechar que la corrección terminará devorando al relato. Entre cartas de amor escritas a distancia, traiciones que nadie sabe nombrar y un viaje que se cumple sólo a medias, la novela avanza hacia la certeza de que nadie llega nunca al fondo de otra persona.
Todo empieza en la madrugada del nuevo milenio, en la pieza de un motel de Santiago. Tomás mira dormir a Amanda y escribe en el margen de un mapamundi la frase que abrirá esta historia; en pocas semanas volarán a España a «hacerse la Europa», del mismo modo en que un bisabuelo empobrecido cruzó el océano en sentido contrario. Él viaja primero, con una nacionalidad rescatada de un abuelo muerto y la certeza íntima de que el viejo continente lo consagrará como escritor. Ella debe alcanzarlo. Ese desfase de unos pocos días es la grieta por donde se cuela todo lo demás.
La primera parte, «Historia en construcción», alterna registros con una libertad que es el verdadero motor del libro. Hay capítulos narrados en primera persona desde Madrid y Barcelona: la anfitriona franquista que despotrica contra Allende mientras entrega toallas y llaves; la arrendadora catalana que sirve vino en vasos plásticos rojos y anuncia, sin saberlo, una casa que jamás se amoblará. Hay cartas de amor de una sensualidad minuciosa, escritas por alguien que sabe decir mejor por escrito lo que no logra pronunciar. Y hay capítulos en presente, casi guionados, donde Amanda —actriz de gestos algo exagerados, incapaz de leer sin mover la boca— vive con su amiga Olivia una escena que ninguna de las dos sabe si está ocurriendo o representándose: una confesión de envidia y deseo que se desborda en una noche compartida y, a la mañana siguiente, en el chantaje de tener que llamarla de algún modo.
Sobre todo eso se monta una tercera capa. Un hombre de treinta y seis años corrige, en el metro de Nueva York, la novela que escribió a los veinticinco. Poda cursilerías, conserva otras, duda de si el valor del texto joven no residirá justamente en aquello que ahora le da vergüenza, y decide un cambio arbitrario y decisivo: reemplaza el nombre de la protagonista cuatrocientas diecisiete veces, y Amanda pasa a llamarse Manuela. Al hacerlo público, el libro deja de ser sólo una historia de amor y se vuelve el examen de un autor que ya no sabe si es él quien escribió aquello, si es Tomás, si es Amanda, o si es simplemente el ladrón de unas líneas ajenas escritas por sí mismo hace once años.
La segunda parte lleva por título «La destrucción del amor», y el título no es un anuncio sino una constatación: desde muy temprano el lector sabe que las copas nunca se compraron, que el vino terminará bebiéndose de la botella, que Manuela no llegará. Lo que la novela investiga no es el desenlace, sino su mecánica: cómo un proyecto compartido se convierte en el proyecto de uno solo, cómo el amor se transforma en un régimen de posesión —«nadie puede tenerte, porque es como si no existieras», le dice Olivia—, y cómo la escritura, que prometía conservar el instante, acaba siendo la forma más eficaz de darlo vuelta boca abajo sobre una mesa.
Escrita con oído para el habla chilena, con humor seco y una franqueza sexual sin solemnidad, la novela mezcla el relato de iniciación migratoria, el melodrama amoroso asumido como tal y la autoficción que se vigila a sí misma. Le interesa el desajuste entre la vida que uno elige y la que le tocó, entre el país del que se huye y el que se lleva puesto, entre el hombre que promete y el que recuerda. Y deja abierta la pregunta que atraviesa cada capítulo: si al corregir el pasado se lo entiende mejor o simplemente se lo escribe de nuevo, esta vez a favor de quien sostiene el lápiz.