Un anciano vive solitario al borde de un bosque que crece sin cesar, en los restos de un pueblo desaparecido. Custodia tablillas de tumbas que repinta cada año, cuida colmenas de miel, y cuando llega un visitante, comparte sus memorias:…
Descargar
Un anciano vive solitario al borde de un bosque que crece sin cesar, en los restos de un pueblo desaparecido. Custodia tablillas de tumbas que repinta cada año, cuida colmenas de miel, y cuando llega un visitante, comparte sus memorias: historias de alubias que alimentaron ciudades durante la guerra, del río Rutka que dividía a sus gentes, de la familia Kużdżal y sus desconcertantes esculturas monumentales. En su voz perduran mundos extintos, nombres que la humedad intenta borrar, historias que nadie más recuerda.
En un pueblo casi desaparecido, al borde de un embalse y rodeado por un bosque que crece sin cesar, vive un anciano solitario. Su existencia se divide entre dos tareas: repintar anualmente las tablillas de tumbas del cementerio local, manteniendo legibles los nombres de sus muertos, y cuidar sus colmenas de miel en los alrededores de una casa donde apenas quedan vecinos.
Cuando recibe la visita de un forastero en busca de alubias, el anciano se convierte en contador de historias. Evoca primero los tiempos de guerra, cuando las alubias eran un bien preciadísimo, casi un sustituto de la carne. Compradores llegaban regularmente desde las ciudades en carros, buscando esa cosecha que exigía desvainación nocturna y trabajo de familias enteras alumbradas por candiles hasta la madrugada. Era un flujo constante de comercio y necesidad que ha desaparecido por completo.
Pero la historia más cautivadora es la de los Kużdżal, sus antiguos vecinos. Aquella familia de escultores, cuyo patriarca era casi ciego pero esculpía con precisión misteriosa, se dedicaba íntegramente a tallar madera. No vendían sus obras: las hacían para no olvidar el Evangelio, intentaban esculpir la palabra divina en formas monumentales. El anciano recuerda con mezcla de fascinación y terror infantil esas figuras colosales: un Cristo diminuto rodeado de apóstoles gigantes, mesas de la Última Cena cuyo pan tenía el tamaño de hogazas reales.
También evoca el río Rutka, ese cauce que dividía el pueblo, cuyo nombre provenía de una hierba medicinal. Lo recuerda pequeño en tiempos secos, donde se podía cruzar sobre piedras, pero peligrosamente ancho durante el deshielo, serpenteante entre juncos y nenúfares. Era el lugar donde jóvenes enamorados, rechazados por sus padres, iban a ahogarse.
En el presente, el anciano mantiene vivas las memorias mediante su trabajo anual de restauración de tablillas, una lucha contra la humedad y el tiempo. Reparte su miel como regalo a quienes visitan, practicando reciprocidad en un mundo que ya casi no existe. Su voz es la de quien ha permanecido cuando todos se fueron, condenado a ser el único custodio de un mundo ya extinto, pero aún presente en su memoria.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.