En un invierno frío, una joven heredera norteamericana acepta acompañar a un amigo de su tío a Beirut sin que nadie le explique por qué. Su única misión aparente es reconocer a un desconocido y escoltarlo de regreso a Estados Unidos.
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En un invierno frío, una joven heredera norteamericana acepta acompañar a un amigo de su tío a Beirut sin que nadie le explique por qué. Su única misión aparente es reconocer a un desconocido y escoltarlo de regreso a Estados Unidos. Mientras tanto, en las calles vacías de la ciudad libanesa, un hombre sin patria ni apellido propio negocia un trabajo cuyo precio todavía no conoce. Dos soledades avanzan, sin saberlo, hacia el mismo punto de encuentro.
Elizabeth Cameron mata el tiempo en Roma antes de tomar un avión. Ha vuelto a una ciudad que ama y que, sin embargo, le devuelve sobre todo recuerdos: los paseos con su madre, el descubrimiento adolescente de cada calleja y cada fachada, el viaje que hicieron juntas para curar el orgullo herido de un noviazgo fallido. Sus padres murieron en un accidente aéreo y desde entonces la soledad la acompaña como una costumbre. Rica, admirada y observada allá donde va —porque es la sobrina de uno de los hombres más poderosos y más odiados de Estados Unidos—, Elizabeth tiene todo salvo una razón para levantarse por la mañana.
Esa carencia es, quizá, lo que la ha puesto en camino. Semanas antes, durante un almuerzo aparentemente banal, un viejo conocido de la familia le pidió que lo acompañara al Líbano. Sin preguntas, sin explicaciones, apelando únicamente a la lealtad hacia su tío. El hombre le garantizó que nada de aquello era peligroso ni ilegal; le pidió confianza y le advirtió que, si se negaba, no dijera una palabra. Elizabeth reflexionó y comprendió algo incómodo: podía desaparecer esa misma tarde y nadie notaría su ausencia. Aceptó.
En Beirut, fuera de temporada, con los hoteles vacíos y el mar reducido a una gama de grises, la misión se revela por fin, aunque solo a medias. Tiene que mirar bien la cara de un hombre, viajar con él, acompañarlo por la aduana y entregarlo a alguien en Nueva York. Nadie debe saber que ese viaje se produce. El hombre existe, camina, enciende un cigarrillo bajo la lluvia de miradas que no le devuelven el saludo. Se llama Keller, aunque el apellido no significa nada: se lo puso su madre al abandonarlo en un orfanato. Fue criatura de la caridad ajena, luego chico de la calle, luego legionario, siempre al margen de la ley y de la sociedad que la ley representa. Ahora está sin dinero, cerca del hambre y dispuesto a casi todo. Lo único suyo que vale algo es una puntería capaz de acertar a un hombre en un ojo desde trescientos metros.
Entre ambos se mueve una cadena de intermediarios y de silencios: un comisionista libanés que teme a Keller y por eso lo desprecia; un editor culto y agradable que sabe interpretar su papel desde hace tantos años que ya le sale natural; y, al fondo, un magnate de prensa, radio y televisión que ha sorprendido al país entero cambiando de bando político y poniendo su fortuna al servicio de un candidato liberal, frente al fenómeno reaccionario que amenaza con llegar a la Casa Blanca. Nadie explica a Elizabeth cómo encajan esas piezas. Ella tampoco insiste, y esa cortesía suya, esa disciplina impecable, es exactamente lo que la hace útil.
La obra alterna con precisión dos puntos de vista —el de la mujer que confía porque no tiene a quién más querer y el del hombre que ya no espera nada de nadie— y construye la tensión con lo que calla más que con lo que muestra. Un roce de manos que dura un segundo de más, una cerilla arrojada con violencia innecesaria, una pregunta que se abandona a mitad de camino: los avisos están todos ahí, y el lector los reconoce antes que la protagonista. Retrato de una época de dinero, prensa y crispación política, y a la vez estudio íntimo del desamparo, la novela avanza hacia el instante en que ya es demasiado tarde para volverse atrás.