Un sicario argentino afincado en Madrid, moribundo por vocación y por diagnóstico, se concede un último plazo para cumplir un encargo que cobró por adelantado: matar a Eduardo Blaisten.
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Un sicario argentino afincado en Madrid, moribundo por vocación y por diagnóstico, se concede un último plazo para cumplir un encargo que cobró por adelantado: matar a Eduardo Blaisten. Entre mediciones de pulso y tensión, agujas de tejer imposibles de comprar y microsueños que le roban las respuestas ajenas, la persecución se convierte en una comedia negra sobre la rutina, la hipocondría y una mala suerte tan constante que parece un método.
El narrador se presenta con una certeza administrativa: hoy morirá, mañana a lo sumo. Ha escatimado quince mil días a la muerte y no piensa irse sin saldar una deuda profesional, porque le pagaron por adelantado y se considera un hombre de moral kantiana. Antes de salir a la calle se toma el pulso en la muñeca y en el cuello, se mide la tensión, se pone el termómetro, desayuna té verde sin leche y ventila la casa a veintiséis grados. El cuidado del cuerpo no es una manía secundaria: es la infraestructura sin la cual el asesinato no puede ocurrir.
Su objetivo es Eduardo Blaisten, argentino como él, vecino del barrio de Salamanca, hombre de traje a medida, maletín de piel y bufandas de colores vivos, al que lleva más de un año siguiendo por el centro de Madrid. Blaisten es tan puntual que su exactitud parece una burla dirigida personalmente al narrador; un retraso de un minuto junto al quiosco basta para desatarle un ataque de ansiedad medido en pulsaciones y décimas de fiebre. Todo lo que en teoría facilitaría el trabajo —la rutina del objetivo, el café de los martes, la oficina de Correos de los miércoles— se vuelve en su contra.
Porque el narrador, que firma como señor Y., es un catálogo andante de impedimentos: estrábico, de modo que ve doble y debe elegir entre dos objetivos idénticos; incapaz de sonreír desde un diagnóstico dental de su infancia argentina; alérgico al látex; condenado desde 1999 a la maldición de Ondina, que le impide respirar dormido y lo deja a merced de microsueños que interrumpen conversaciones, decisiones y seguimientos. Una compra tan trivial como una aguja de tejer descarrila en conversación ajena sobre prostatitis; un intento anterior de trabajo terminó con una anciana muerta por accidente y tres años de cárcel.
El relato avanza por capítulos breves que alternan la cacería con digresiones eruditas y burlonas: los paseos de las cinco en Königsberg y el día en que todos los relojes de la ciudad se atrasaron, las charlas de Kant con su criado Lampe sobre el insomnio y la cama como nido de enfermedades, el mito germánico de la ninfa traicionada que castiga a su marido con el aliento, y los últimos días de Edgar Allan Poe, votante múltiple e involuntario en un Baltimore electoral. Esas piezas no son adorno: componen la genealogía privada con la que el narrador explica su propia desgracia, hasta que la persecución, la enfermedad y la mitología acaban respirando al mismo ritmo. Lo que queda es una novela de humor seco y precisión clínica, donde el suspense no consiste en saber si el asesino atrapará a su víctima, sino en cuánto puede aplazar un cuerpo su propio final.
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