Claire Morgan solo pretendía cumplir con un encargo familiar: acompañar durante un mes a su abuelo Harley, viudo y cascarrabias, en la vieja autocaravana con la que ha viajado hasta un parque de caravanas del desierto de Arizona.
Descargar
Claire Morgan solo pretendía cumplir con un encargo familiar: acompañar durante un mes a su abuelo Harley, viudo y cascarrabias, en la vieja autocaravana con la que ha viajado hasta un parque de caravanas del desierto de Arizona. Lo que encuentra en Jackrabbit Junction es un verano de bailes para la tercera edad, veteranos del ejército empeñados en volver a enamorarse y un beagle llamado Henry que aparece con un hueso entre los dientes. Cuando Claire reconoce en él un fémur humano, la broma se convierte en pregunta incómoda, justo mientras la dueña del parque negocia contrarreloj la venta de unas minas que alguien más no quiere ver removidas.
Hay viajes que se emprenden por obligación y acaban torciéndose hacia otra cosa. El de Claire Morgan empieza como una misión doméstica —vigilar a su abuelo Harley Ford, informar a su madre, sobrevivir a tres días de carretera compartiendo un Winnebago— y termina en el Dancing Winnebagos R.V. Park, un rincón polvoriento de Jackrabbit Junction, Arizona, donde el calor aplasta los álamos y las citas concertadas por internet llegan puntuales al camping.
El reparto se arma solo: Harley, que ha decidido que un hombre mayor necesita compañía y que conviene tener opciones; Manny, su viejo camarada del ejército, incorregible y perfumado de Old Spice; y Henry, el beagle que gana todas las discusiones. Claire, treintañera con más asignaturas universitarias acumuladas que rumbo profesional y tres semanas sin fumar, se instala en el papel de acompañante a regañadientes. Hasta que el perro trae del arroyo un hueso mordido y blanqueado por el sol, y ella, que recuerda demasiado bien sus clases de anatomía, mide el diámetro con el dedo y llega a una conclusión que su abuelo preferiría no escuchar.
El hallazgo no ocurre en el vacío. Ruby Martino, dueña del parque y viuda reciente, arrastra las deudas que le dejó su marido y un banco que ya le ha puesto fecha límite. Su salida es vender las minas y el valle que las rodea a la compañía de cobre del otro lado de la carretera: una operación que, de cerrarse, se llevaría por delante la ladera donde reposan las cenizas de la abuela de Claire. Ruby la contrata para arreglar cañerías, cercas y aires acondicionados, y sin proponérselo le da lo que necesita: tiempo, movimiento y excusas para mirar donde no la llaman.
A ese tablero llegan otras dos piezas. Mac Garner, sobrino de Ruby, ha cancelado el viaje de su vida para tasar unas minas que su tía jamás admitirá necesitar que nadie tase. Y Sophy Wheeler-Martino, camarera veterana del comedor del pueblo, que arranca información a un vicepresidente de banco con una eficacia que no deja lugar a dudas sobre sus métodos ni sobre su prisa: hay algo enterrado en esos túneles, y no quiere a nadie husmeando antes que ella.
Ann Charles cruza aquí el misterio con la comedia costumbrista y el romance sin pedir permiso a ninguno de los tres géneros. La novela avanza a base de diálogo rápido —el pulso entre Claire y su abuelo es su mejor motor—, personajes secundarios que se niegan a comportarse como decorado y un humor que no rebaja la tensión de fondo: bajo las bromas sobre próstatas, chats para maduritos y sujetadores de lentejuelas hay una mujer arruinada, una tumba amenazada y un muerto sin nombre. Ilustrada por C. S. Kunkle y ambientada en el mismo universo que la serie de misterio Deadwood de la autora —Claire es prima de Natalie y vecina de infancia de Violet Parker—, la historia funciona por completo como puerta de entrada independiente. No hace falta conocer nada previo para instalarse en Jackrabbit Junction: basta con aceptar que aquí el desierto guarda cosas y que un beagle testarudo es tan buen detective como cualquiera.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.