Un ensayo de filosofía de la educación que sostiene una tesis nítida: no se puede educar desde el relativismo escéptico, porque sólo se transmite aquello que a uno le colma y se muestra digno de ser transmitido.
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Un ensayo de filosofía de la educación que sostiene una tesis nítida: no se puede educar desde el relativismo escéptico, porque sólo se transmite aquello que a uno le colma y se muestra digno de ser transmitido. El autor propone entender la educación como una introducción a la realidad mediante un lenguaje significativo, y recorre para ello a Aristóteles y a Sócrates antes de examinar el malestar de la escuela contemporánea.
La obra parte de una intuición sencilla y de consecuencias amplias: educar consiste en introducir a alguien en la realidad, y esa introducción ocurre en la conversación. No en cualquier conversación, sino en aquella donde lo dicho no se agota en el hecho de decirlo, donde quienes hablan comparten algo más que un idioma común porque hablan de lo mismo y ese asunto les desborda. De ahí la tríada que vertebra el libro —educación, lenguaje, realidad— y la advertencia que la sostiene: cuando la palabra deja de servir para nombrar el mundo y sólo se refiere a sí misma, pierde su capacidad de fundar entendimiento entre las personas y se convierte en instrumento de manipulación.
El autor ilustra esa idea con imágenes memorables. Dos amigos no lo son porque se miren el uno al otro, sino porque miran juntos en la misma dirección; un coro o una orquesta no se desconciertan por la pluralidad de voces, sino cuando cada una se escucha únicamente a sí misma. El peor sordo, sugiere, no es quien no quiere oír, sino quien sólo se oye a sí propio.
El itinerario comienza en el mundo griego. Un primer tramo recorre la filosofía práctica de Aristóteles para mostrar la continuidad entre ética, economía y política: la persona no es una percha donde se cuelgan roles sucesivos, sino un mismo sujeto que actúa en escenarios distintos, y la amistad —no el mero intercambio ni la alianza defensiva— es lo que constituye la comunidad. El hombre es animal político porque es animal parlante: sólo el logos permite comunicar lo bueno y lo malo, y esa comunicación es la que hace la casa y la ciudad. Un segundo tramo se detiene en la paideía socrática y en el diálogo entendido como búsqueda mancomunada de la verdad entre amigos, con el maestro en su doble oficio de hablar y callar, de buscador y de acompañante en la búsqueda ajena.
No hay aquí nostalgia restauracionista: el autor reconoce sin rodeos la distancia entre la polis y un presente de comunicaciones globales, gestión técnica y procesos de decisión complejísimos. Pero defiende que aquel mundo aún dice algo sobre lo que somos, y que la deshumanización atribuida a la revolución tecnológica es, más que un efecto de la técnica, un defecto de filosofía.
Los capítulos finales llevan esa reflexión al aula. La dificultad mayor de la educación contemporánea, sostiene el autor, es que en lugar de iniciar en una realidad significativa, inicia a los jóvenes en una conversación intrascendente donde cada cual expresa sus gustos sin creer que puedan darse razones que los avalen. Ahí sitúa el desencanto de la cultura de masas, la crisis de la autoridad docente, el lenguaje poco libre de la corrección política que predica tolerancia para evitar controversia, la bibliofobia y un igualitarismo que no advierte la desemejanza dentro de la semejanza. El libro no ofrece fórmulas —desconfía explícitamente de cualquier solución arquimédica— y su tono evita el catastrofismo: los problemas, por definición, tienen solución, y el hombre es un solucionador de problemas. Lo que propone es recuperar las condiciones de una conversación que valga la pena: buenos conocimientos en quien enseña, apertura en quien aprende, confianza y amistad como elementos pedagógicos de primer orden, y la convicción de que el conocimiento compartido no se pierde, se multiplica.
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