Un viajero inglés que recorre en canoa los ríos de Francia busca refugio de una tormenta en un molino en ruinas, tras cruzarse con una niña que le suplica en vano que no se acerque.
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Un viajero inglés que recorre en canoa los ríos de Francia busca refugio de una tormenta en un molino en ruinas, tras cruzarse con una niña que le suplica en vano que no se acerque. La hospitalidad del anciano que lo recibe se revela poco a poco como una trampa, y lo que empezó como una excursión solitaria termina en una lucha por sobrevivir bajo la rueda del molino.
El narrador, un inglés que ha cambiado las nieblas de Londres por la soledad de los canales franceses, navega en una vieja canoa desde el Sena hacia el Loira cuando la tormenta que llevaba toda la tarde amagando le alcanza en un tramo de valle sin casas ni caminos. El paisaje se oscurece, el viento dobla los sauces y el río se encrespa; el viaje placentero se convierte, en cuestión de minutos, en la búsqueda urgente de un techo.
En una curva del río encuentra a una muchacha sentada en la orilla, con el pelo adornado de flores blancas y la ropa gastada hasta el hilo. Ella le indica el único lugar habitado a la vista —el Molino Blanco, una casucha entre los pinos— pero cuando el viajero anuncia que irá allí, la curiosidad de la niña se vuelve alarma. Intenta advertirle algo que no llega a decir, y huye.
En el molino lo recibe Maître Chalot, su tío: un anciano baldado, de muletas, cabello blanco y voz suave, que le ofrece pan, vino y la lumbre de una cocina pobre pero impecable. La conversación junto al fuego avanza entre amabilidades y quejas del viejo contra su sobrina, a la que describe como una perdida a la que hasta el cura señala desde el púlpito. Pero hay grietas en esa cortesía: un golpeteo sordo en el cuarto contiguo, un grito de mujer que el anfitrión explica sin convencer, y el aislamiento absoluto de la casa. Cuando el huésped se retira a una alcoba diminuta, sin cerrojo, la niña reaparece un instante en la oscuridad del pasillo para repetirle que tenga cuidado, que no duerma.
Lo que sigue es el corazón del relato: una puerta disimulada que da a la vieja rueda del molino, una caída fingida, y un desenlace violento en el que la debilidad aparente del anciano se revela como una fuerza brutal. Arrojado al pozo del molino, entre fango, ratas y agua negra, el narrador cuenta hora por hora una espera en la que el nivel del río sube pulgada a pulgada y la única vía de escape —un túnel inundado que le inspira más horror que la muerte misma— acaba siendo la única esperanza posible.
Pemberton construye un relato de suspense breve y eficaz, apoyado en un contraste sostenido: la belleza del paisaje fluvial frente a la miseria del molino, la cortesía del anfitrión frente a lo que la casa esconde, la libertad del viaje frente al encierro de un agujero sin salida. La narración en primera persona mide el tiempo por sensaciones —el olor del fango, el murmullo del agua, una línea de luz sobre la superficie negra— y reserva para el final la revelación de a quién debe el narrador seguir vivo, junto con una coda seca sobre la justicia que nunca llegó. Publicado en la prensa madrileña en julio de 1901, es una muestra clara del cuento de terror y aventura que circulaba en las revistas literarias de la época.
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