Aláira tenía cinco años cuando soñó con un bosque de dos soles, una canción sobre el fuego que muere en invierno y una escalera de piedra que nunca llegó a subir.
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Aláira tenía cinco años cuando soñó con un bosque de dos soles, una canción sobre el fuego que muere en invierno y una escalera de piedra que nunca llegó a subir. Trece años después vive en una metrópolis del siglo XXIII donde los libros de papel están prohibidos, los rostros se eligen antes de nacer y su familia administra un museo que colecciona el arte del mundo antiguo. La víspera de su cumpleaños número dieciocho, el sueño interrumpido vuelve a reclamarla.
Una novela de fantasía y misterio en la que un sueño infantil se convierte en la única pregunta que importa.
En un futuro globalizado, la ciudad de Aláira presume de haber superado las naciones, las culturas y las creencias. La joven que lleva su nombre —la habitante número un millón, un supuesto prestigio que nunca sintió suyo— es la excepción visible: rizos rojos y piel sonrosada entre generaciones de rostros diseñados por ingeniería genética. Su familia posee el Museo Oficial de Historia y Arte, donde las obras maestras del pasado se acumulan como trofeos arrancados a quienes todavía se niegan a soltarlas.
La historia se abre con una conversación entre dos hermanos separados por una cortina negra, criaturas que cambiaron su alma por poder y que persiguen a un Gran Fénix capaz de atravesar tiempos y dimensiones. Uno de ellos ha pintado una obra maestra impregnada de magia. Se llama El Bosque.
Aláira, mientras tanto, ha aprendido a callar. A los cinco años soñó con un bosque abandonado bajo dos soles, escuchó versos que la hirieron sin saber por qué y encontró un camino de gradas de piedra que prometía una respuesta al final. Un Fantasma de la Confusión la detuvo con una advertencia: allá encontrará su propia muerte. Padres, profesores y compañeros le enseñaron a llamar tontería a todo aquello. Ella obedeció, se volvió una alumna impecable y dejó que lo sagrado se decolorara hasta ser una mancha gris.
Pero el psicólogo familiar insiste en que celebre, su hermana Adela vive del otro lado de esa presión, y la mayoría de edad le devuelve algo que había perdido: el derecho a decidir. A partir de ahí, la novela avanza como una secuencia de laberintos —espejos, puentes, castillos invencibles, galerías de pesadillas, estatuas de oro, un desierto frío— donde la lógica no rige y el misterio se respira.
Es un relato construido sobre preguntas incómodas: cuánto puede un sueño definir el propósito de una vida, y si conviene seguir siempre los consejos ajenos. Su apuesta final es sencilla y desafiante: a la magia no se le busca lógica.
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