Zúrich, febrero de 2010: un pintor aparece tendido en el suelo de su estudio, entre botes de disolvente volcados y un lienzo erizado de clavos titulado «Rabia».
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Zúrich, febrero de 2010: un pintor aparece tendido en el suelo de su estudio, entre botes de disolvente volcados y un lienzo erizado de clavos titulado «Rabia». Meses antes, el dueño de un café de la ciudad ha recibido una llamada incómoda de un banco de Paradeplatz: existe una caja de seguridad a nombre de su padre, cerrada desde 1960, y alguien quiere que la abra para poder cerrarla. Entre ambos hechos se abre un corredor hacia atrás —a los bosques nevados de la frontera suiza en 1942 y a una casa vienesa vaciada en 1938— donde late lo que nadie se atrevió a nombrar.
Hay herencias que no se reciben: se descubren. Gottfried Messmer regenta un local nocturno en Zúrich, vive de espaldas a los relojes y ha organizado su vida para no deberle nada a nadie. Una llamada de número oculto rompe esa comodidad con preguntas demasiado precisas sobre sus padres y sobre una fecha que él preferiría no repetir en voz alta: la del suicidio de su padre, en enero de 1960. Al otro lado hay un banco de Paradeplatz y un director de Sucesiones que necesita cerrar una cuenta durmiente asociada a una caja de seguridad que lleva medio siglo sin abrirse. Nadie sabe qué contiene. Nadie, tampoco, ha reclamado nunca su contenido.
La novela retrocede desde ahí. En el otoño de 1942, con la frontera suiza cerrada por decreto a quienes huyen «por motivos raciales», Hermann Messmer baja a tientas por una ladera boscosa buscando un botiquín para un hombre al que no conoce y cuyo nombre ni siquiera ha preguntado. Su convicción cabe en una frase que se repite como una oración: si el país cierra las puertas, habrá que abrir ventanas, y hacer pasar a las personas de una en una. En abril de 1938, en una Viena recién anexionada, el industrial textil Jakob Sandler mecanografía a toda prisa un inventario de los cuadros que heredó de su familia, marca sus reversos con el sello de oro del anillo familiar y enrolla un diminuto óleo de bosque —el que su mujer eligió durante su luna de miel— para llevárselo consigo. Sabe que se lo van a quitar todo; quiere, al menos, dejar constancia de que existió.
Esas tres líneas de tiempo se buscan entre sí. Un pequeño paisaje forestal, un listado escrito sin márgenes ni mayúsculas, una caja que un banco preferiría vaciar antes que custodiar y un estudio de artista convertido en escena del crimen componen un mismo mecanismo, montado con paciencia y accionado sin ruido.
El libro se mueve entre la novela de intriga y la reconstrucción histórica, con Suiza como espacio moral más que como decorado: la neutralidad que se defiende y la que se administra, el secreto bancario que empieza a resquebrajarse, el oro apilado bajo los pies de quienes pasean. Y bajo todo ello, la pregunta que la cita inicial deja abierta: qué se puede entender de una vida solo cuando ya se ha vivido, y qué precio tiene, para los que vienen después, no haberla entendido a tiempo.
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