En la misteriosa ciudad de Dot, el alcalde Tibo Krovic lleva casi veinte años ejerciendo su cargo con una dedicación que oculta un amor imposible por su secretaria, Agathe Stopak.
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En la misteriosa ciudad de Dot, el alcalde Tibo Krovic lleva casi veinte años ejerciendo su cargo con una dedicación que oculta un amor imposible por su secretaria, Agathe Stopak. Mientras Tibo recorre diariamente las calles de su ciudad con seguridad y confianza, Agathe se debate entre un matrimonio infeliz con el pintor Stopak y sentimientos que nunca podrá expresar. Observados por la mirada omnipresente de santa Walpurnia, estos personajes se mueven en una rutina cotidiana cargada de deseos silenciosos y resignación.
En los márgenes del Báltico se alza la ciudad de Dot, un lugar fuera de los mapas, cuyas costas sinuosas desafían toda cartografía. Aquí Tibo Krovic, el buen alcalde, ha gobernado durante casi veinte años con una dedicación que refleja su genuino amor por el pueblo. Cada mañana sigue un ritual: recoge el diario, compra caramelos de menta y espera el tranvía hacia el ayuntamiento. Su vida es una danza repetida de pequeños actos que lo reconfortan. Pero bajo esta rutina se esconde una pasión silenciosa que lo carcome. Tibo está profundamente enamorado de su secretaria, Agathe Stopak. Las pisadas de sus pasos en la sala contigua, el taconeo de sus zapatos, los aromas exóticos que deja a su paso: todo ello lo tortura. Quisiera transformarse en gotitas de perfume para permanecer eternamente junto a ella. Agathe, ajena a estos sentimientos, vive su propia desdicha. Está casada con Stopak, un pintor arruinado, sumergida en un matrimonio que se ha enfriado como el invierno de Dot. Años atrás, cuando perdieron a su pequeña hija, Stopak se sumió en un dolor del que nunca emergió, retrayéndose de ella. Agathe sigue amando a su marido, pero es un amor compasivo, como el que se siente por un perro viejo. Ella ignora completamente el amor que Tibo siente, viviendo su rutina de resignación mientras cocina comidas que Stopak consume sin interés. Toda la ciudad es observada desde las alturas por una presencia imposible: santa Walpurnia, la virgen barbuda cuyos restos reposan en la catedral que lleva su nombre. Esta santa milagrosa, que aparece simultáneamente en cada rincón de la ciudad—en calendarios, ferries, cuadernos escolares, paredes del ayuntamiento—, ve todo con ojos que trascienden el espacio. Es ella quien relata esta historia de deseos no expresados, de vidas paralelas que nunca se tocarán, de personas comunes atrapadas en sus rutinas, esperando algo que quizá nunca llegará. «El buen alcalde» explora la soledad en medio de la vida ordinaria, el amor que no puede ser dicho, la resignación y la esperanza que coexisten en cada corazón humano.
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