Pegacoces es una tierna historia infantil que narra las aventuras de un pequeño burro inquieto y alegre en el pueblo de Valdecoces. A través de sus travesuras, amistad con Juanito y encuentros con otros niños que se creen indios salvajes,…
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Pegacoces es una tierna historia infantil que narra las aventuras de un pequeño burro inquieto y alegre en el pueblo de Valdecoces. A través de sus travesuras, amistad con Juanito y encuentros con otros niños que se creen indios salvajes, esta obra explora temas de inocencia, aventura y la belleza de la infancia. Una narrativa encantadora que busca capturar esa voz eterna de la que hablaba Tagore, conectando con el niño que todos llevamos dentro.
En el pueblo de Valdecoces, un pequeño burro inquieto y alegre protagoniza una serie de aventuras que encantan a todos quienes lo rodean. Pegacoces, así bautizado por Juanito tras verlo dar los más graciosos saltos, se convierte en la mascota de un grupo de niños que viven en este apacible valle regado por un río generoso, donde abundan los huertos y árboles frutales. La historia comienza con el prólogo del autor, quien reconoce que Pegacoces no es simplemente un animal sumiso, sino un espíritu inquieto, alegre, infantil y aventurero que encarna la «voz de la eternidad» de la que escribió Tagore. A través de sus travesuras, la obra busca conectar con ese niño eterno que vive en todos nosotros. El bautizo de Pegacoces es una ceremonia memorable en la que participan niños disfrazados de indios moscones, con plumas, arcos y flechas, entonando himnos de guerra. La celebración culmina de manera cómica cuando el agua bautismal hace que el pequeño burro se asuste y comience a dar coces, volcando al padrino en la pila. Pero también marca el inicio de una serie de eventos que transformarán la vida del pueblo. Junto con estos momentos de alegría y juego infantil, la obra no rehúye instantes de profunda ternura, como la enfermedad y muerte de Lucera, la madre de Pegacoces. Estos pasajes revelan que bajo la aparente ligereza de un relato infantil, existe una reflexión sobre la pérdida, el crecimiento y la capacidad de los niños para entender el ciclo de la vida. El pueblo decide honrar al pequeño burro erigiendo una estatua en la plaza, cambiar su nombre de Valdemoscas a Valdecoces, reconociendo la gratitud que todos sienten hacia este espíritu que ha traído alegría y lecciones a la comunidad.
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