Safed, siglo XVI. Un joven abandona la Torá por la alquimia y, en una tormenta de nieve, la disputa con su padre termina en una muerte que él llamará accidente.
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Safed, siglo XVI. Un joven abandona la Torá por la alquimia y, en una tormenta de nieve, la disputa con su padre termina en una muerte que él llamará accidente. Siete años después, Jaím Vital es el discípulo más joven del gran maestro Cordovero y el más envidiado de la ciudad. Cuando el maestro anuncia a su sucesor y aparece un rabino recién llegado de Egipto, la ambición del muchacho choca con la pregunta que lo empujó a estudiar: cómo se conoce a Dios.
En el invierno de 1563, un paseo por las colinas de Safed termina con el cuerpo de un respetado comentarista de la Torá tendido en la nieve. Su hijo baja al pueblo sin aliento y repite una palabra que sostendrá el resto de su vida: accidente. Nadie lo pone en duda. Solo su madre conoce la otra versión, y esa confidencia será la única que él lamente siempre.
Siete años más tarde, Jaím Vital tiene veinticinco años, tiñe lana en un taller textil y cada madrugada abre con su propia llave la sinagoga donde Cordovero, el mayor maestro de cábala de su tiempo, enseña a nueve hombres que le doblan la edad. Ha escalado con paciencia calculada de maestro en maestro hasta abordar al gran rabino en un sendero, descalzo como él, para pedirle el camino hacia Dios. La respuesta —que el Creador está en todas las cosas, pero solo cobra vida si se le busca— le abre la puerta del aula y, con ella, la enemistad de media ciudad.
La novela sigue a un discípulo brillante y vanidoso por la Safed próspera de los tejedores sefardíes, refugio de los judíos expulsados de España que conviven en paz con los musulmanes bajo gobierno otomano. Allí la sabiduría tiene jerarquía y el prestigio del alumno se mide por el de su maestro. Jaím sueña con escribir el comentario definitivo del Zohar y con que su nombre figure en la portada; Cordovero le enseña que el principio del universo es la entrega sin esperar nada a cambio, y que la humildad es la señal de quien de verdad ha comprendido.
El equilibrio se rompe cuando el maestro, enfermo, anuncia que a su muerte alguien ocupará su lugar: un alma encendida por la chispa del autor del Zohar, cuyo nombre calla. Cada estudiante teme y desea ser el elegido. Entretanto corre por la ciudad el nombre de un recién llegado de Egipto, rabí Isaac Luria, que tuvo la osadía de pedirle clases particulares y obtuvo un sí inmediato.
Entre la alquimia abandonada y la cábala abrazada, entre una culpa que no se nombra y la profecía de un quiromante que anunció dos senderos —uno al infierno y otro al paraíso, con la encrucijada a los veinticinco años—, se despliega el retrato de un hombre que quiere ver el rostro de Dios sin dejar de mirarse a sí mismo.