En un tren rumbo a Londres, el célebre detective francés Valentín persigue a Flambeau, el mayor ladrón de Europa, sin más pista que su instinto para lo insólito.
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En un tren rumbo a Londres, el célebre detective francés Valentín persigue a Flambeau, el mayor ladrón de Europa, sin más pista que su instinto para lo insólito. Una serie de pequeños absurdos —azúcar y sal intercambiados, naranjas vendidas como nueces, una sopa arrojada contra la pared— lo conduce, junto a dos policías londinenses, a través de la ciudad hasta un anochecer en Hampstead Heath, donde dos sacerdotes conversan bajo las estrellas. Uno de ellos, un cura menudo y en apariencia ingenuo llamado Brown, custodia una reliquia de plata y zafiros; el otro esconde una identidad muy distinta a la que aparenta.
«La cruz azul» abre con la llegada a Inglaterra de Arístides Valentín, jefe de la policía parisiense, empeñado en capturar a Flambeau, un ladrón gigantesco y de ingenio prodigioso cuyos golpes —desde compañías lecheras inexistentes hasta buzones falsos— lo han convertido en leyenda criminal en media Europa. Sin pistas firmes sobre su paradero en Londres, Valentín decide fiarlo todo a un método deliberadamente irracional: en vez de buscar en los lugares obvios, sigue el rastro de lo extravagante, confiando en que la misma rareza que atraería su atención habrá dejado huella en el camino del fugitivo.
Esa intuición lo lleva de un restaurante donde alguien ha cambiado el azúcar por sal y arrojado sopa contra la pared, a una frutería con los carteles de precios trocados, hasta un ómnibus, una confitería y finalmente los senderos de Hampstead Heath al caer la tarde. En el camino reaparece un personaje ya cruzado antes en el tren: un cura bajito y distraído de Essex, el padre Brown, que lleva consigo una valiosa cruz de plata con zafiros destinada a un congreso eclesiástico, y que no ha dejado de anunciar su tesoro a cualquiera dispuesto a escucharlo.
Cuando Valentín y sus dos acompañantes por fin dan alcance a la pareja de sacerdotes que han ido dejando ese reguero de incidentes, los encuentran enfrascados en una plácida discusión teológica sobre la razón y el orden del universo. Pero bajo esa conversación erudita se agita algo muy distinto: uno de los dos religiosos no es quien dice ser, y la reliquia que transporta el padre Brown está a punto de convertirse en el objeto de una silenciosa partida de ingenio, donde la aparente torpeza del cura de pueblo esconde una lucidez que ha estado un paso por delante de todos, incluido el lector, desde el principio.
Con el tono de una investigación clásica y un giro que reordena todo lo visto hasta entonces, la historia construye su suspenso no a partir de la violencia sino de la observación: pequeños detalles fuera de lugar que, sumados, dibujan el mapa invisible de una persecución donde el verdadero enigma no es dónde está el criminal, sino quién, entre los presentes, lo es en realidad.
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