Matías Parra colecciona los restos de papel que deja la universidad —recortes de prensa, tickets, fichas, grafitis copiados de los baños— convencido de que en ellos duerme la obra maestra que todavía no ha escrito.
Descargar
Matías Parra colecciona los restos de papel que deja la universidad —recortes de prensa, tickets, fichas, grafitis copiados de los baños— convencido de que en ellos duerme la obra maestra que todavía no ha escrito. Mientras espera una epifanía que no llega, finge ante sus padres una carrera de ingeniería, alimenta un blog sin lectores y admira en silencio a una compañera cuya voz nunca ha oído. Un aviso clasificado que busca secretarios para un club de lectura será la grieta por donde entre, al fin, algo parecido a una historia.
En un campus universitario venezolano en plena descomposición material, Matías Parra ha decidido que será escritor antes de haber escrito una sola línea. Su método consiste en recoger lo que los demás desechan: recortes de prensa, entradas de cine, fichas de biblioteca, baldosas sueltas, frases copiadas de las paredes de los baños. Cada resto va a parar a una caja de zapatos rotulada por mes, en la certeza de que allí duerme, comprimida, la obra que algún día lo justificará. Lo que le falta es la señal, la epifanía que le indique por dónde empezar. Para provocarla ensaya rituales caseros —una tormenta nocturna en la azotea, un ayuno de treinta y seis horas, un insomnio sostenido a base de café— y no obtiene más que rodillas magulladas y puntos de colores en la vista.
Alrededor de esa espera, Jesús Miguel Soto arma una comedia precisa de la vida universitaria. Están los poetas Danieri y Santos, inseparables y rencorosos, que recogen firmas para todo; los profesores que castigan con tinta roja y con decibeles discriminatorios; el apodo que perseguirá a Matías durante toda la carrera después de dormirse dos veces en un cine-foro de Tarkovski; y Eva Lozada, la compañera a la que estudia como a una escultura, catalogando pecas y clavículas, sin atreverse jamás a hablarle. Por debajo corre la historia familiar: una fábrica de sanitarios de tres generaciones, confiscada por el Estado, y una carrera de Letras que Matías esconde de sus padres bajo el disfraz de la ingeniería civil.
El narrador observa a su protagonista con una distancia irónica que nunca se vuelve crueldad: sabe más que él, adelanta el hombre maduro en que se convertirá y deja caer, como al descuido, el nombre de un profesor —Baltazar Boeuf— que será su mentor y que da título al relato. Cuando un aviso clasificado que solicita secretarios para un club de lectura reaparece en el bolsillo de un pantalón recién lavado, esa frase anodina empieza a leerse como una profecía.
Escrito con humor seco, frases de largo aliento y una erudición que se ríe de sí misma, es un retrato de la vocación literaria en su estado más frágil: el de la promesa que se sostiene sola.