Una llamada equivocada a las tres de la mañana —una mujer que suplica hablar con un Carlos que no está del otro lado— basta para que un corredor de seguros porteño empiece a rastrear, número por número, a quién buscaba esa voz.
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Una llamada equivocada a las tres de la mañana —una mujer que suplica hablar con un Carlos que no está del otro lado— basta para que un corredor de seguros porteño empiece a rastrear, número por número, a quién buscaba esa voz. Cuando la curiosidad termina en un balazo en el hombro, el caso llega a manos del comisario Leoni, jubilado de la Policía Federal, que reconstruye el enredo desde una salita de sanatorio.
Todo empieza con un teléfono que suena en la oscuridad y una voz de mujer que pronuncia un número que no es el correcto. Del otro lado atiende Suaiter, corredor de seguros, cuarentón, soltero, huésped de una pensión de la calle Defensa: un hombre con un talento particular para meterse en líos ajenos. La mujer pide hablar con Carlos, insiste, se quiebra en sollozos, alcanza a decir que “ya vienen” y alguien corta la comunicación desde el otro extremo. Al día siguiente, entre la llovizna y el café con leche de la pensión, a Suaiter no le queda ni un nombre ni una dirección: solo el vago recuerdo de cuatro cifras que se le escapan de la memoria como un corcho en el agua.
Lo que sigue es una investigación construida con los materiales más domésticos que quepa imaginar: una guía telefónica, una hoja de anotador, un despertador puesto a las tres de la mañana y un Volkswagen viejo que recorre Buenos Aires bajo la lluvia. Suaiter completa el número fragmentario con cada prefijo posible, descarta comercios y oficinas, llama de a decenas y clasifica los resultados en categorías con la misma paciencia con que armaría una cartera de clientes. La lista lo lleva a un rematador de la Avenida de Mayo, a un contratista italiano que festeja el cumpleaños de un nieto, a un gallego dueño de un bar en Barracas que desconecta el teléfono a medianoche, a un viejo huraño rodeado de gatos que atiende por el postigo, a un médico próspero de especialidad nerviosa con demasiado dinero para su clientela, y a un señor Carlos cuyo despacho parece la escenografía de una obra de teatro, con un micrófono escondido en el pedestal de una estatuilla y unos dedos blanquísimos espiando detrás de una cortina.
Mientras Suaiter tacha nombres, alguien empieza a tacharlo a él: un hombrecito pálido, de anteojos de oro y pelo gris teñido, pregunta por él en la compañía, lo sigue en un puesto de diarios, reaparece en una cafetería del centro y averigua sobre su vida entre las huéspedes de la pensión. La cacería tiene dos direcciones y ninguna de las dos es del todo voluntaria.
El relato llega al lector por un camino oblicuo. Un amigo de la infancia de Suaiter —que ocasionalmente narra los casos del comisario Leoni— lo acompaña al Sanatorio del Plata, donde el corredor de seguros espera con el hombro vendado y una alegría demasiado insistente. La policía cerró el expediente con demasiados hilos sueltos; el balazo, en cambio, sigue doliendo. Frente a ellos escucha Leoni: alto, cobrizo, de manos enormes y silencios largos, un hombre que hizo toda la carrera desde meritorio y se jubiló tan pobre como entró, dueño apenas de una casita en Ramos Mejía y de un Ford de segunda mano que le regalaron los oficiales que se formaron a su lado. Leoni desconfía de las teorías y solo cree en los hechos desnudos; sabe que el bien y el mal andan entreverados y que conviene callar hasta poder hablar sin equivocarse.
Más que un enigma de gabinete, la novela es un recorrido por una ciudad reconocible: pensiones con vitrales violetas, ascensores del Comega, cabarets de la calle Corrientes, consultorios con porteros galoneados, conventillos con ángeles de cemento en la cornisa. El teléfono, ese objeto banal, funciona como eje moral del libro: conecta a desconocidos, delata, protege, miente y, al final, vuelve a sonar sabiendo perfectamente a quién llama.
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