Un ovni fotografiado por casualidad durante la fiesta medieval de Basketville pone en marcha la investigación más disparatada de Pepa Pistas y Maxi Casos.
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Un ovni fotografiado por casualidad durante la fiesta medieval de Basketville pone en marcha la investigación más disparatada de Pepa Pistas y Maxi Casos. Cuando el objeto volador se lleva por los aires al hermano pequeño de Pepa y al ratón Mouse, los dos detectives salen en su busca sobre un tándem, con una pista tan absurda como reveladora: media ciudad no para de rascarse la cabeza.
Todo empieza con una convocatoria inesperada en el gimnasio de la escuela. La directora Rodeo y la señorita Ling han citado a los alumnos y también a algunos padres, y Pepa Pistas y Maxi Casos temen lo peor: hace poco espiaron sin querer a la directora en un lugar bastante comprometido y sospechan que ha llegado la hora de rendir cuentas. La reunión, sin embargo, trae otra noticia: la huelga de actores obliga a suspender las representaciones y el torneo de la famosa fiesta medieval de Basketville, de modo que este año solo quedará el mercadillo. Alumnos, familias y feriantes tendrán que sacarlo adelante entre disfraces, malabares y música al aire libre.
La jornada de feria transcurre con normalidad —calor sofocante, puestos de quesos caseros, una emisora local retransmitiendo en directo— hasta que una foto de grupo tomada a última hora lo cambia todo. En la imagen, además de un ratón donde no debería haber ninguno, aparece una forma ovalada suspendida en el cielo. La lupa de aumento de la agencia Los Buscapistas confirma lo que los dos amigos ya intuían, y la noticia parece demasiado grande para guardársela: deciden llevársela a Georgina Bells, la locutora más admirada de la ciudad. Justo entonces, un zumbido agudo, ya oído antes entre las ramas del patio de la escuela, se cuela por la ventana. El objeto volador se lleva a Bebito y a Mouse.
La persecución que sigue atraviesa la ciudad de noche, cuesta abajo y a golpe de pedal, hasta una ermita abandonada en el bosque. Allí, entre frascos de cristal, una marmita que borbotea una masa verdosa y un terrario iluminado, Pepa y Maxi descubren que el caso no va de visitantes de otro mundo, sino de un negocio muy terrenal montado sobre el miedo, el engaño y una plaga que alguien está sembrando a conciencia. La clave llevaba todo el día delante de sus ojos: el picor que no da tregua a la señora Rodeo, la cola interminable frente a un puesto concreto y los clientes que se rascan la cabeza mientras pagan.
Escrita en capítulos breves y con diálogo abundante, la novela alterna el humor físico —una carrera en tándem, unas zapatillas usadas como proyectiles, un ratón obsesionado con el gruyer— con una investigación que juega limpio: cada indicio se muestra al lector antes de encajar en su sitio. Los personajes secundarios tienen peso propio, del padre fotógrafo de Pepa a una directora de escuela tan temida como humana, y el desenlace deja una moraleja discreta sobre quién se beneficia cuando cunde el pánico. Una lectura ágil para quienes disfrutan resolviendo el misterio a la vez que los protagonistas.