Una flauta de cristal encontrada en la supuesta cueva del flautista de Hamelin va a sonar por primera vez en el Museo de la Música, y la leyenda dice que su música hechiza a quien la escucha.
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Una flauta de cristal encontrada en la supuesta cueva del flautista de Hamelin va a sonar por primera vez en el Museo de la Música, y la leyenda dice que su música hechiza a quien la escucha. Cuando las luces se apagan en mitad del concierto, la flauta desaparece y en las manos de la intérprete solo queda un salchichón. Pepa Pistas es la única persona de la sala que no ha oído ni una nota —gracias a un invento casero de su amigo Maxi Casos— y, por tanto, la única que lo ha visto todo. Con esa ventaja, los Buscapistas se lanzan tras un rastro de cables mordidos, tarjetas de visita y ratas demasiado bien adiestradas.
Todo empieza en la sala de espera de una clínica veterinaria, entre una señora convencida de que a su mascota le falla el corazón, un joven que protege su pecera con el alma y un desratizador que reparte tarjetas de presentación como si fueran caramelos. Allí, Pepa Pistas y su hermano pequeño Bebito matan el tiempo leyendo el periódico: esa misma noche, la flautista Hanna Hamelin estrenará en el Museo de la Música una flauta de cristal hallada en la cueva que la tradición atribuye al flautista de Hamelin. El titular habla de un instrumento hechizado. Nadie en la sala se lo toma en serio salvo Maxi Casos, que llega tarde, con su ratón Mouse en la mochila, la prima Leo pisándole los talones como canguro forzosa y un par de diademas fabricadas con embudos y cera superresistente: tapones para los oídos, por si la leyenda resulta ser cierta.
En el museo, las cosas se tuercen antes incluso de empezar. Falta la entrada de Pepa, las ventanas están conectadas a una alarma y la vigilante no admite excepciones, así que los dos amigos tienen que ingeniárselas para cruzar la puerta principal sin saltarse del todo las normas. Ya dentro, y con el padre de Pepa presentando el acto desde el escenario, la flauta suena por primera vez. La música es tan hermosa que el público entero se levanta y avanza hacia el escenario con la mirada perdida. Maxi no ha llegado a ponerse su diadema. Pepa, sí: no oye nada, pero lo ve todo, hasta que un apagón deja la sala a oscuras y un grito lo interrumpe todo. Cuando vuelve la luz, la flauta se ha esfumado y la intérprete sostiene un embutido entre los dedos.
Con la vigilante consultando su manual de seguridad demasiado tarde y el director del museo pidiendo que intervenga la policía, Pepa y Maxi deciden que el caso es suyo. Un cuarto de contadores en el sótano, unos cables con mordiscos diminutos y un objeto olvidado en el suelo apuntan en una dirección incómoda, porque el sospechoso parece, a primera vista, buena persona. Escaparse de la prima Leo será casi tan difícil como recorrer de noche la Carretera del Alcantarillado, una calle de almacenes cerrados donde acechan los gatos y donde, tras la ventana iluminada del número 3, alguien está haciendo sonar la melodía otra vez.
Es un misterio breve y muy físico, resuelto con observación, códigos secretos de comunicación y artilugios improvisados más que con azar. El humor sostiene la intriga —el bebé que se escapa, el ratón que solo obedece a las bolitas de queso, la canguro que no calla ni bajo amenaza— y el desenlace llega por un camino que ni el comisario ni el director del museo habían previsto, con un final que resuelve el robo y, de paso, cierra para siempre la cuestión del hechizo.