Un fin de semana tranquilo se convierte en viaje internacional cuando Maxi es invitado a acompañar a la familia Pistas a la Convención Anual de Escritores y Protagonistas en Longdomcity.
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Un fin de semana tranquilo se convierte en viaje internacional cuando Maxi es invitado a acompañar a la familia Pistas a la Convención Anual de Escritores y Protagonistas en Longdomcity. Entre maullidos desafinados que funcionan como señal secreta, un aeropuerto abarrotado y tres maletas negras idénticas, los jóvenes detectives tropiezan con un anónimo perfumado a chocolate, una escritora de novelas policíacas cuyo equipaje ha desaparecido y dos hombres de gabardina que vigilan más de lo que deberían. Cuando la niebla del río cubre la ciudad, la investigación deja de ser un juego.
Todo empieza con un maullido. Maxi Casos pasa una mañana de domingo en casa cuando una llamada de teléfono y una serie de maullidos estruendosos —la señal convenida entre amigos— desatan una pequeña conspiración doméstica: convencer a la señora Casos de que deje a su hijo viajar con la familia Pistas. La operación funciona casi por accidente, sepultada bajo un coro de gatos en el jardín, y al lunes siguiente Maxi ya está camino del aeropuerto con Pepa, Bebito, el señor Pistas, el perro Pulgas y Mouse, el ratón goloso que solo se comunica a base de «¡Ic! ¡Ic! ¡Ic!».
El destino es Longdomcity, sede de la Convención Anual de Escritores y Protagonistas, donde el padre de Pepa dará una conferencia que, como de costumbre, no ha terminado de preparar. Pero el viaje trae su propio programa. Un taxista tatuado advierte a los niños sobre la niebla baja que se forma junto al río. En la terminal aparecen dos individuos de gabardina beige, gafas oscuras y sombrero negro que responden punto por punto al perfil del «auténtico detective camuflado» descrito en el manual que Pepa lleva en la mochila. Y una anciana de pelo canoso, lenta y curiosa, va sembrando preguntas allá donde pasa.
En la cinta de equipajes, tres trolleys negras idénticas ruedan al mismo tiempo. Ese instante de confusión es la mecha de todo lo que vendrá: una maleta cambiada, una habitación de hotel revuelta, una sombra que escapa por la ventana y un papel arrugado que los detectives arrojan a una papelera del aeropuerto y que Bebito —ayudante de detective, encargado del trabajo sucio— rescata a cambio de una mueca de asco. El papel resulta ser un anónimo firmado por Chocolates Gorila y con un inconfundible olor a chocolate.
En el Hotel Convención, las piezas empiezan a rozarse. La anciana resulta ser Águeda Cristin, célebre autora de novelas policíacas, que prometió llevar a la convención un valioso manuscrito escrito por su tatarabuela. El abuelo de Pepa cae rendido ante su encanto; el director del hotel, de acento imposible y bolsillos llenos de chocolatinas, exige discreción y confía el caso a los dos detectives profesionales, que despachan a Pepa y Maxi con una sonrisa condescendiente. Los niños no se dan por aludidos. Siguen a la escritora, sorprenden a una supuesta encargada de la limpieza registrando su suite, reparan en detalles que nadie más mira —unos zapatos, un silencio demasiado prolongado, un saludo negado en el aeropuerto— y descubren que casi nada en ese hotel es lo que dice ser.
Cuando la niebla del río se traga las calles y convierte la ciudad en un laberinto, el paseo tranquilo que propone el abuelo se transforma en una trampa: una silueta les corta el paso, otra idéntica acecha por detrás y una risa siniestra confirma que alguien lleva tiempo esperándolos.
Una aventura detectivesca de ritmo ágil y humor constante, construida sobre el placer clásico del enigma: pistas repartidas a la vista del lector, sospechosos que se contradicen, objetos que cambian de manos y dos investigadores en formación convencidos de que la edad no descalifica a nadie para resolver un caso.
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