En Colaro, un pueblo de la Suiza meridional asomado a un lago y pegado a la frontera italiana, un anciano cordial que se define a sí mismo como jardinero y golfista pasea cada tarde con el jefe de policía local.
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En Colaro, un pueblo de la Suiza meridional asomado a un lago y pegado a la frontera italiana, un anciano cordial que se define a sí mismo como jardinero y golfista pasea cada tarde con el jefe de policía local. La noche en que Rossi le anuncia que ha aparecido el cadáver de Rudolf König —el novio que se esfumó en diciembre, semanas antes de su boda— esa rutina se rompe: la herida está en la sien izquierda y la pistola, junto a la mano derecha. Para resolverlo, Per Hill tendrá que aceptar que su nombre verdadero vuelva a pronunciarse, aunque sea en voz baja y solo por un hombre.
Todo empieza con un paseo por el malecón. Per Hill, sesenta y cinco años, corpulento, de pelo blanco y nariz de gaviota, sujeta la correa de su scotch-terrier mientras el signor Rossi, alto y enjuto, le suelta la noticia como quien comenta el tiempo: han encontrado a Rudolf König. Los chicos del puerto los llaman «el gordo y el flaco» y se ríen de ellos en voz baja; nadie entiende del todo por qué el jefe de policía prolonga cada tarde el camino de vuelta a casa para conversar con ese extranjero excéntrico que lee un librito azul mientras camina y lo subraya con lápiz rojo.
El cuerpo apareció en Alpe Croce, en la más ruinosa de unas cabañas de piedra que solo se habitan en verano, a mil metros sobre el lago y a un paso de una frontera que los contrabandistas conocen mejor que los gendarmes. Han pasado casi tres meses desde la desaparición; la nieve cayó una y otra vez sobre el lugar del hecho. Junto al cadáver, una browning de seis milímetros con empuñadura de nácar —regalo de la prometida— y, en el pasaporte, un sobre sin dirección con una cuartilla de papel de hilo: en una cara, una columna de signos y cifras; en la otra, el plano a tinta china de una fortificación. El crimen ha dejado de ser un asunto de pueblo.
La investigación obliga a Rossi a hacer algo que le cuesta más que la caminata: pedir ayuda. Y la ayuda tiene un precio doble. Per Hill es en realidad Peter Hillegom, veinte años al frente de la policía de Róterdam y autor de un manual de criminología en cuatro tomos que el propio Rossi estudió para sus exámenes. Se retiró huyendo de las impresiones digitales que le seguían llegando por correo desde media Riviera, y lo único que pide a cambio de intervenir es seguir siendo el vecino que presta la tijera de podar. Pone además una condición propia: no colaborará si el cantón conserva la pena de muerte. No es enemigo de la belladona, aclara; simplemente no quiere tener nada que ver con ella.
Lo que sigue avanza al ritmo de dos hombres que suben una cuesta discutiendo. Un cochecito amarillo que se ahoga en las serpentinas, un perro que se cuela en el asiento, un guardafronteras que se refugió de la lluvia y encontró más de lo que buscaba, un muchacho pescador que sabe demasiado sin proponérselo, y la familia Meyenberg —la prometida y su hermana menor, a la que todos llaman Gorrión— esperando aún una noticia que nadie se atreve a darles. Alrededor, el paraíso que describe Rossi con amargura: cincuenta mil habitantes, doce nacionalidades, turistas, desertores, contrabandistas y espías, vigilados por un inspector y ocho hombres.
El caso más difícil es una novela policial de investigación paciente, más interesada en el orden del razonamiento que en el sobresalto. Richard Katz construye a su detective sobre una idea sencilla y tenaz —primero el acto, después el actor— y la pone a prueba en el peor escenario posible: un rastro de tres meses, un móvil que roza el espionaje internacional y un muerto al que nadie lloraba demasiado. El humor seco, la precisión botánica y la amistad tardía entre dos funcionarios de temperamentos opuestos sostienen un relato donde la minuciosidad, virtud básica del oficio, es también una forma de decencia.
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