Novela peruana sobre la amistad entre dos estudiantes de ingeniería en el Lima del ajuste económico de 1990, y sobre la memoria de uno de ellos —el Gato, poeta obstinado— reconstruida años después desde el otro extremo del mundo.
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Novela peruana sobre la amistad entre dos estudiantes de ingeniería en el Lima del ajuste económico de 1990, y sobre la memoria de uno de ellos —el Gato, poeta obstinado— reconstruida años después desde el otro extremo del mundo.
Un ingeniero de petróleo asiste a una conferencia de inversionistas en un hotel de cinco estrellas en Londres. En la pantalla gigante, el nombre de su país aparece entre las economías de mayor crecimiento; en el auditorio, economistas de traje discuten tasas de retorno y millones de dólares. Él, que ha pasado quince años perforando pozos en las selvas del Orinoco, Yucatán, Gabón y el golfo de Guinea, escucha la palabra «milagro» y siente el filo de la ironía: nadie ahí sabe lo que fue el hambre. Entre copas de vino y frases en inglés que no le pertenecen, empieza a contarle a un compatriota la historia de Elmer Ccasani, al que todos llamaban el Gato.
La narración retrocede a agosto de 1990. Un anuncio televisado en la esquina de un chifa basta para que el precio del pan se duplique, el alquiler se cuadruplique y el poco dinero guardado bajo el colchón se vuelva papel. El narrador, huérfano de padre, sostén parcial de su madre y sus hermanas en Piura, pierde de un día para otro los dos empleos que financiaban su carrera y termina en la calle, expulsado por una casera que no perdona un mes de atraso. La única salida es la cola de Bienestar Universitario: filas que bordean pabellones enteros, becas alimentarias, vales para canjear comida, estudiantes que repasan Termodinámica y Geología Estructural en cuclillas contra una pared para distraer el hambre.
En esa cola conoce al Gato. Es el muchacho flaco que baja las escaleras todos los días a la misma hora, caminando y leyendo a la vez, ajeno a todo, con un libro forrado en papel canson: poesía brasileña, en portugués, en medio de un mar de manuales de ingeniería. Huérfano desde niño, criado en un pueblo perdido entre los cañones del Mantaro cuyo nombre insiste en pronunciar bien, vive con un tío enfermo en una casa de esteras junto al río, bajo un puente, en un asentamiento humano llamado Dios Proveerá. Es, además, uno de los mejores alumnos de su facultad.
Los dos acaban compartiendo «la sala»: quince camas alineadas como en un hospital, un eufemismo institucional para una prueba de resistencia donde se espera meses a que alguien termine la carrera y libere una habitación. Allí rigen reglas mínimas de convivencia y un apodo colectivo que lo explica todo: gusanos, los pobres, los vagos, los sospechosos de siempre. La sospecha se vuelve literal la noche en que un operativo policial toma la residencia a las dos de la madrugada: culatazos, documentos exigidos a gritos, estudiantes subidos a los portatropas, y unas cajas de cartón bajo una cama que contienen —contra todo lo que el miedo imagina— libros y cuadernos de poemas.
Desde ese doble tiempo, el de la miseria compartida y el de la prosperidad estadística, el narrador vuelve sobre una pregunta que no lo suelta: por qué el Gato hizo lo que hizo, por qué viajó lo que viajó, por qué terminó como terminó, persiguiendo versos hasta los bordes del mundo. La respuesta que ensaya es también un retrato de época: la de quienes sobrevivieron a la hiperinflación y la violencia estudiando bajo una pared, y la de un poeta que decidió vivir su vida y morir su muerte tal como lo decían sus versos.
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