Crónica periodística sobre los orígenes de Sergio Ramón Ibarra Guzmán, el delantero argentino que llegó al Perú en 1992 con diecinueve años y terminó convertido en el máximo goleador de la historia del fútbol peruano.
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Crónica periodística sobre los orígenes de Sergio Ramón Ibarra Guzmán, el delantero argentino que llegó al Perú en 1992 con diecinueve años y terminó convertido en el máximo goleador de la historia del fútbol peruano. Con el reporteo hecho en Río Cuarto en 2014 —la casa de la calle Güemes, el barrio Alberdi, la familia y los amigos de la infancia—, el libro reconstruye la etapa que nadie había contado: los años previos al viaje, cuando el Checho todavía era el Keko, el Pitata y el Basura.
Antes de los 277 goles, del récord y de las cámaras de televisión, hubo un chico que corría detrás de una pelota de trapo en las calles de tierra del barrio Alberdi, al este de Río Cuarto, más allá de las vías del Ferrocarril Andino. Este libro parte de ahí: del hijo mayor del Copete Ibarra y de Tati Guzmán, primogénito de una familia obrera que dormía apretada en dos habitaciones y que nunca imaginó que uno de los suyos acabaría en las revistas.
La historia avanza por dos carriles que se cruzan todo el tiempo. Uno sigue la carrera: el selectivo del Sportivo Atenas al que lo llevó el abuelo Negro en el verano de 1987, el debut en el estadio 9 de Julio, la visita de un empresario peruano de bigote abundante que apareció una tarde de mayo de 1992 en la calle Güemes y lo llevó a Lima en pleno cólera, coches bomba y devaluación. Después vienen los siete goles con Ciclista Lima, el viaje de veinte horas en bus hasta Sullana, la lista de los seis que se iban y el gol que le permitió quedarse, el amor con Rocío Gonzales, los hijos, la nacionalidad peruana y veintidós temporadas de maletas listas, de canchas duras, de altura y de harina de pescado.
El otro carril es una investigación sobre la memoria. El cronista llega a Río Cuarto en 2014 y descubre la paradoja de que el goleador histórico de un país es un desconocido en el pueblo donde nació: nadie en el hotel, en la comisaría ni en el taxi sabe quién es. En la cocina de la casa familiar, entre mates y un asado, las versiones no coinciden. Cada apodo tiene dos orígenes posibles, cada leyenda una variante, y las tres únicas fotografías que sobreviven de la infancia muestran a un niño que no sonríe.
De ese contrapunto nace lo mejor del libro: la idea de que una vida está hecha de todos los relatos que otros conservan de ella. Sin épica inflada y con oído para el habla del barrio, la crónica reconstruye la prehistoria de un delantero que hizo de la insistencia un método y del gol una forma de vencer la soledad, y que confiesa un solo miedo verdadero: que nadie lo recuerde.
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