Siete años después de ser secuestrada camino a la escuela, Cassie Williams recupera la libertad y despierta en la habitación blanca de un hospital psiquiátrico, donde una grabadora, un psiquiatra sin nombre y una memoria llena de huecos la…
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Siete años después de ser secuestrada camino a la escuela, Cassie Williams recupera la libertad y despierta en la habitación blanca de un hospital psiquiátrico, donde una grabadora, un psiquiatra sin nombre y una memoria llena de huecos la obligan a reconstruir lo que vivió. Entre sesiones de terapia, una familia que ya no reconoce y un chico que lanza balones invisibles por los pasillos, la novela de J.D. Nunes narra el regreso a un mundo que siguió girando sin ella.
El 22 de diciembre de 2012, tres días antes de Navidad, Cassie tiene once años y acaba de perder a Taz, el mastín que la acompañó desde que nació. Sale de casa sin desayunar, enfadada con su madre, decidida a caminar sola hasta la escuela por las calles nevadas de Minnesota. A unos metros de la puerta ve a un hombre apoyado en una furgoneta blanca, fumando como si fuera un día cualquiera. Las últimas palabras que escucha de su madre son una advertencia que ya no llega a tiempo.
Siete años más tarde, en febrero de 2019, Cassie tiene diecisiete y una semana de libertad. Ha escapado por su cuenta, con el rostro todavía marcado por los golpes, y en lugar de volver a su casa ingresa en un hospital psiquiátrico donde comienza un tratamiento por trastorno de estrés postraumático. Allí la esperan un psiquiatra que se niega a presentarse —algo que ella, obsesionada con los nombres desde que vivió en un lugar donde se conocían los diagnósticos antes que los apellidos, no logra perdonar— y Robin, una joven médico residente que insiste, con humor y terquedad, en que salga de la habitación y aprenda de nuevo a estar en el mundo.
Las sesiones de terapia estructuran el relato. Sesión a sesión, primero sin grabadora y luego con ella, Cassie va desplegando su versión de los hechos: el sótano, la ventana inalcanzable, el ventilador que hacía de música y de reloj, los años en que su captor pasó del pánico a la confianza y ella, sin querer nombrarlo, empezó a verlo como la única figura paterna disponible. Pero el psiquiatra le revela algo que la desarma: los exámenes confirman lagunas, olvidos oficiales, tramos de su propia historia que ella no puede contar porque no están. Hay cosas que él sabe y ella no, y que solo servirán si las recupera por sí misma.
Fuera del consultorio, la vida cotidiana resulta igual de extraña. Los abrazos de unos padres a los que apenas reconoce, un diario dedicado por su hermana Allie que todavía no se atreve a abrir, periodistas que la convierten en noticia, un lenguaje y unas tecnologías que cambiaron sin ella. Y, en un pasillo, dos internos que corren celebrando un touchdown con un balón que no existe: uno de ellos, Lorent, se arrodilla ante ella en una reverencia absurda y provoca la primera risa sincera de Cassie en años, justo antes de que Robin le advierta que no se acerque a ellos.
“El chico de la otra realidad” avanza alternando dos líneas temporales —el día del secuestro y los días de la recuperación— y sostiene su tensión menos en el suspense de lo que ocurrió que en lo que la memoria decide callar. J.D. Nunes escribe desde la voz de una narradora lúcida y sarcástica, que usa el humor negro como blindaje y desconfía por igual de los médicos, de los titulares y de sus propios recuerdos. Es una novela sobre el cautiverio y la fuga, pero sobre todo sobre lo que viene después: la libertad como tarea, los vínculos que hay que volver a aprender y la posibilidad de que otra persona rota entienda mejor que nadie lo que se siente al mirar por la ventana y encontrar el mundo demasiado grande. El libro se abre con una dedicatoria explícita a quienes conviven con trastornos mentales reales y con una invitación a hablarlo con alguien cuando se esté listo.
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