Clara lleva cinco años duchándose sola hasta que, una noche, una voz responde desde el otro lado de la ventana del baño. El vecino recién mudado se llama Thiago, se ducha siempre a las nueve, y con él nace una amistad hecha solo de…
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Clara lleva cinco años duchándose sola hasta que, una noche, una voz responde desde el otro lado de la ventana del baño. El vecino recién mudado se llama Thiago, se ducha siempre a las nueve, y con él nace una amistad hecha solo de palabras: sin caras, sin móviles, sin nada más que dos grifos y una pared. Mientras esa cita involuntaria se vuelve costumbre, la relación de Clara con Áxel se descompone entre mentiras, perdones prematuros y silencios que pesan más que los gritos. Una historia de intimidad a ciegas, humor cotidiano y del momento exacto en que alguien decide dejar de conformarse.
Todo empieza con un bote de gel vacío, un resbalón y un golpe seco contra el suelo de la ducha. Clara, veintisiete años, insomne de rutinas y con la nevera casi vacía, se está peleando a solas con un envase de plástico cuando una voz desconocida le pregunta si está bien. No viene del techo ni del más allá: viene de la ventana alta del baño, la que da justo con la del apartamento contiguo, ese que llevaba años deshabitado y que ahora tiene inquilino.
De ese primer ridículo nace una costumbre. A las nueve de la noche, dos grifos se abren casi a la vez y dos personas que no se han visto nunca se dan las buenas noches. Él se llama Thiago, tiene veintiocho años, canta las canciones de la radio de ella y adivina su estado de ánimo por el tono de un saludo. Ella tarda en dar su nombre, más en dar explicaciones, y muchísimo más en admitir que espera esas conversaciones. Entre bromas sobre estreñimientos, acusaciones de espionaje y una metedura de pata con el buzón del portal de al lado, se va formando una amistad tan improbable como sincera: sin números de teléfono, sin fotografías, sin la posibilidad de mirarse a los ojos.
Esa ausencia de mirada es, precisamente, lo que la vuelve posible. Al otro lado de la pared, Clara cuenta lo que no cuenta en voz alta: que sospecha de su novio, que la sospecha era cierta, que dio una bofetada y luego una segunda oportunidad, que hay un mensaje en un móvil ajeno que ya no admite excusas. Áxel niega, grita, golpea puertas y luego abraza; Clara abre el pestillo sabiendo que no debería, y después se sienta sobre la tapa del váter a llorar en silencio, sintiéndose usada por decisión propia. La novela no juzga esos regresos: los observa de cerca, con una honestidad incómoda, y nombra sin adornos el desgaste de quedarse donde ya no queda nada.
Frente a ese ruido, la voz del vecino funciona como una tregua. Thiago pregunta lo justo, no empuja, se marcha cuando le piden que se marche y vuelve al día siguiente igual de amable, aunque también tiene sus propias ausencias, sus llamadas a deshora, sus risas ajenas colándose por la ventana y sus silencios de siete días que dejan a Clara mirando el cristal como si el vacío pudiera contestar. Lo que se dice a través de esa rendija —que aún hay tiempo, que perder años no es haberlo perdido todo— llega con más peso que cualquier consuelo dicho de frente.
Narrada en primera persona, en presente y con una voz cómica, deslenguada y muy física, la obra alterna capítulos breves que funcionan como escenas de un mismo escenario mínimo: un baño, un reloj junto al portacepillos, una ventana imposible de alcanzar sin arriesgarse a otro porrazo. De ese encierro sale una historia sobre la intimidad que se construye a ciegas, sobre la diferencia entre el amor y la costumbre, y sobre lo que hace falta para dejar de estamparse contra un muro que se podía rodear desde el principio.
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