Majo tiene dieciséis años, escribe cuentos a escondidas en un diario heredado y ha crecido en Tijuana con su padre y con Susana, la mujer que la nombró y la hizo suya.
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Majo tiene dieciséis años, escribe cuentos a escondidas en un diario heredado y ha crecido en Tijuana con su padre y con Susana, la mujer que la nombró y la hizo suya. Cuando su madre biológica es deportada tras dieciséis años al otro lado del muro, unas vacaciones de invierno en un pueblo helado de Baja California la obligan a conocer de cerca a esa madre y a una hermana llena de reproches.
Hay familias que se construyen con lo que quedó después de una separación. María José —Majo para todos— reparte su vida entre una escuela de música en la planta baja de su casa, la casa desbordada de los González, donde es una pieza más del mobiliario, y las páginas de un diario color mantequilla que un abuelo gruñón le puso en las manos la primera Navidad que pasaron juntos. Escribe cuentos y le avergüenza: a su edad, piensa, debería estar escribiendo grandes amores o distopías. Sus cuentos hablan de murciélagos que lloran, muñecas de trapo y soldados perdidos, y en ellos caben todas las ausencias que no sabe nombrar en voz alta.
La novela se sostiene sobre una geografía muy concreta: la frontera. El padre de Majo cruzó el desierto con un bebé en brazos y fue deportado; la madre y la hermana mayor lograron esconderse y quedaron al otro lado. Durante dieciséis años la familia se sostuvo en llamadas telefónicas, en manos asomadas a través del acero de un muro y en paseos frente al Pacífico donde padre e hija fingían sentirlas cerca. Luego llegó Susana —psicóloga de espíritu apacible, segunda esposa y segunda madre— y los paseos se espaciaron, las promesas se guardaron y la vida siguió, feliz a su manera.
Una llamada nocturna rompe ese equilibrio con tres palabras: la han deportado. El reencuentro en el aeropuerto no trae la escena luminosa que Majo había imaginado, sino una mujer temblorosa que pide permiso para tocarle el cabello, y una hermana que aparece blindada de resentimiento y dispara preguntas que nadie quiere responder sobre cómo se conocieron su padre y su segunda esposa. De esa cena incómoda nace una invitación: pasar las vacaciones de invierno con la madre, en La Rumorosa, el rincón más aislado y más frío de Baja California.
Cincuenta y un días en una casa que parece una caja de zapatos, con un calentón de gas, un televisor sin conectar y colchas que huelen a vainilla. Madre e hija descubren que comparten el mismo carácter cohibido y que pueden entenderse con sonrisas y monosílabos, mientras la hermana aparece cada dos semanas cargando la necesidad de demostrar que conoce al padre mejor que nadie. Alrededor, un pueblo de rumores, una tendera que reparte advertencias sobre un grupo de chicos vestidos de negro, y el eco de un invierno que promete cambiarlo todo.
Escrita con una prosa contenida y luminosa, esta es una historia sobre las segundas oportunidades: la de una madre que vuelve, la de una hermana que no sabe perdonar, la de un gato viejo que no la quiere y la de una chica que aprendió muy pronto que las lágrimas se guardan para lo irremediable. Un relato sobre el amor que no se hereda sino que se elige, y sobre lo que sucede cuando alguien decide, por fin, escribir su propio cuento.
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