Tras descubrir que su pareja y su madre la han traicionado, Vera desmonta su vida en Menorca y tarda años en recomponerla. Cuando por fin recupera el rumbo como guía turística en Mahón, un encuentro casual con un viajero alemán y su abuelo…
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Tras descubrir que su pareja y su madre la han traicionado, Vera desmonta su vida en Menorca y tarda años en recomponerla. Cuando por fin recupera el rumbo como guía turística en Mahón, un encuentro casual con un viajero alemán y su abuelo abre la puerta a la historia de amor que no esperaba. Una novela sobre la culpa, el perdón y los caminos que solo se entienden al final, narrada en primera persona por una protagonista que aprende a mirarse sin rencor.
Vera creció admirando el matrimonio de sus padres: una madre brillante que hizo carrera en un bufete de Mahón y un padre que renunció a su título de arquitecto para sostener a la familia sin quejarse nunca. Esa certeza se rompe una tarde de finales de agosto, en el salón de la casa familiar, cuando un beso que no debería haber existido convierte a las dos personas en las que más confiaba —su madre y Bruno, el hombre con el que planeaba montar un negocio y envejecer— en la fuente de un dolor doble e incomparable.
Lo que sigue es la crónica honesta de un derrumbe. Padre e hija se refugian en el Cordelia, el viejo velero de quince metros que él restauró con años de trabajo, y allí se instalan en una vida de náufragos. Él se aferra al brandy unas semanas; ella, mucho más tiempo, a una espiral de empleos perdidos, alcohol y desconocidos con los que no hay que hablar al día siguiente. La visita de Gloria, la amiga que cruza media Europa solo para abrazarla, es apenas un paréntesis. Hace falta un divorcio, la venta de la casa y una mudanza forzada a Múnich —donde Heidi, la nueva pareja de su padre, impone reglas, idioma y disciplina con una firmeza que Vera odia antes de agradecer— para que la caída se detenga.
Dos años después de regresar a la isla, Vera trabaja como guía turística y ha recuperado el pulso: recorre el casco antiguo de Mahón bajo una sombrilla roja, explica el cultivo de la vid y describe vinos con una precisión que ella misma justifica bromeando. En uno de esos grupos aparecen un anciano irónico y erudito, apoyado en un bastón y armado con más datos sobre Menorca que la propia guía, y su nieto, Daniel Neumann. Vera propone la cita sin rodeos; él acepta con la misma sencillez. Faltan dos días para que se marchen.
Desde las primeras páginas, la narradora adelanta que todo aquel sendero pedregoso —la traición, la mentira, la culpa, los remordimientos— desembocaba en una estación llena de libros y en una ciudad, Berlín, que ella ama por sus cicatrices. La novela avanza así sobre una tensión doble: la del romance que empieza y la de la voz que ya sabe cómo termina. Lily Ross alterna la crudeza del duelo familiar con el humor de las conversaciones cotidianas —las videollamadas con un padre que no se acostumbra a cenar a las seis, las llamadas de complicidad con Gloria— y deja abierta, capítulo a capítulo, la pregunta de si el amor puede realmente repararlo todo o si, como Vera aprendió del peor modo, a veces también se acobarda y huye.
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