Un ensayo que reivindica el cine español como documento cultural. Frente al desdén habitual y al mito de una savia nutricia castiza, el autor propone leer un siglo de películas como registro de las tensiones que acompañaron la llegada de…
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Un ensayo que reivindica el cine español como documento cultural. Frente al desdén habitual y al mito de una savia nutricia castiza, el autor propone leer un siglo de películas como registro de las tensiones que acompañaron la llegada de la modernidad a España: industrialización, ocio de masas, propaganda, el trauma del desarrollismo y la memoria democrática. Historia cultural escrita para el lector curioso, no sólo para el especialista.
El libro parte de una constatación incómoda: dentro y fuera de España, el cine español despierta un interés discreto, y para el público más joven el legado anterior a Almodóvar se ha vuelto casi un territorio extranjero, accesible sólo en fragmentos sueltos. En lugar de negar esa modestia, el autor la convierte en punto de partida y defiende el valor del conjunto: las obras brillantes y también las torpes, las que copian sin fortuna fórmulas ajenas y las que incomodan porque devuelven una imagen demasiado reconocible.
La propuesta es de historia cultural. Las películas se leen como documentos: no sólo ilustran un pasado, sino que muestran cómo cada sociedad quiso representarse a sí misma, con sus estrategias narrativas, sus formatos, sus condiciones industriales y sus públicos. De ahí que el recorrido atienda por igual al estilo y al negocio —licencias de doblaje, cuotas de pantalla, subvenciones, televisión— y que dialogue con la literatura, la música, el teatro, el cómic y la radio de cada momento.
La tesis articuladora sostiene que el cine español revela las tensiones de la instauración de la modernidad a lo largo del siglo XX. Frente a las explicaciones esencialistas que remiten el mejor cine del país a Velázquez, Goya, la picaresca o el humor negro como herencia intemporal, el autor adopta la noción de modernismo vernáculo: fórmulas locales cruzadas con corrientes llegadas de Hollywood, Cinecittà, Babelsberg o Joinville. Los capítulos siguen ese hilo —la fijación de la españolada, la propaganda del franquismo, el realismo y las formas autorales de los cincuenta, el choque entre tradición y desarrollismo, la identidad y la memoria en democracia— con una periodización que admite solapamientos porque obedece al argumento antes que al calendario.
El primer tramo reconstruye el choque inicial: los operadores extranjeros que filman la Alhambra, la Puerta del Sol o los toros; la Barcelona de la Exposición de 1888 y del ensanche como primer foco productor; y una estética de atracciones donde el público acudía, sobre todo, a verse a sí mismo en la pantalla.
Pensado para lectores no especializados pero interesados en la historia contemporánea, el libro alterna la mirada panorámica con el análisis de imágenes concretas y deja al lector decidir si el célebre diagnóstico de Bardem sobre un cine «políticamente ineficaz, socialmente falso» sigue siendo justo.