Una llamada nocturna sobre una alarma descompuesta despierta a Walter, quien no logra volver a dormir. En su costumbre de vacaciones en un balneario costero, sale solo en el auto en busca de algo indefinible.
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Una llamada nocturna sobre una alarma descompuesta despierta a Walter, quien no logra volver a dormir. En su costumbre de vacaciones en un balneario costero, sale solo en el auto en busca de algo indefinible. Lo que encuentra en la oscuridad de las calles arboladas es una escena perturbadora: cuatro figuras extrañas, una de ellas una mujer cuya mirada lo atraviesa con intención incomprensible. Lo que comienza como una noche de insomnio se convierte en un encuentro que lo enfrenta a sus miedos más primitivos.
Una llamada telefónica en medio de la noche interrumpe el sueño de Walter Ponce. Una empresa de seguridad avisa sobre un desperfecto en la alarma de su casa en Buenos Aires. Aunque intenta volver a dormir, el insomnio ya se ha apoderado de él. Está de vacaciones con su esposa Cristina en un balneario costero, una pequeña localidad artificial donde se refugian los urbanos en busca de descanso. A sus 44 años, Walter es un hombre que no se resigna fácilmente a que la vida transcurra sin sorpresas, sin la aventura constante que anhela.
Cuando el sueño no regresa, toma una decisión impulsiva: se viste y sale con el auto en medio de la madrugada. La idea es simple: circular sin rumbo en aquel poblado somnoliento hasta que el cansancio lo venza o amanezca. Sin embargo, algo en su interior lo impulsa hacia algo más, una búsqueda sin destino claro que lo lleva a perderse deliberadamente en las calles arboladas del lugar.
En la oscuridad casi absoluta, Walter estaciona el auto en un lugar desconocido y apaga el motor. Deja que los sonidos nocturnos —el susurro de las ramas, el canto de aves— lo rodeen. Pero entonces, en medio de esa soledad, experimenta una sensación que no puede nombrar: la certeza de que algo o alguien lo mira desde la oscuridad. El miedo crece en su pecho, irracional pero abrumador, similar al que conoció en su infancia cuando, acostado en su cama, creía ver rostros espectrales mirándolo por la ventana.
Cuando intenta prender el motor, sucede lo inesperado. Las luces del auto se encienden y revelan una escena inquietante: cuatro figuras están ahí, en medio de la nada. Un hombre desdentado y canoso lo observa con una mueca aterradora. Otro, más joven, brandea un cuchillo y acosa a un tercero. Pero lo que realmente congela la sangre de Walter es la presencia de una mujer de unos cuarenta años, vestida de manera arcaica, cuya mirada no lo ve a él sino que lo atraviesa, como si estuviera mirando algo enorme detrás de él. Su expresión sugiere que ella quiere algo de Walter, y eso es lo que enciende el verdadero terror.
Lo que sigue es una secuencia caótica: golpes contra el auto, la desaparición de la víctima del cuchillo, un intento de escape en la arena suelta. Walter logra huir pero el auto queda atascado, y mientras los gritos de sus perseguidores se acercan cada vez más, solo puede pensar en las llaves que dejó en el auto. La novela explora cómo en cuestión de minutos, una noche de insomnio urbano puede convertirse en un encuentro con lo inexplicable.
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