En un pequeño café de Bristol al borde de la quiebra, su dueña improvisa un club de lectura que, casi por accidente, acaba escogiendo una novela erótica de moda como primera lectura.
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En un pequeño café de Bristol al borde de la quiebra, su dueña improvisa un club de lectura que, casi por accidente, acaba escogiendo una novela erótica de moda como primera lectura. Lo que empieza como una maniobra desesperada para llenar mesas se convierte en el punto de encuentro de cinco desconocidos que descubren, entre tazas de té y discusiones sobre libros, que hablar de deseo en voz alta cambia lo que cada uno se atreve a esperar de su propia vida.
Estelle Humphreys tiene cuarenta y siete años, un hijo adolescente, un divorcio amistoso a sus espaldas y un café en Clifton que se le está muriendo entre las manos. Las cuentas de invierno no cuadran, la clientela habitual —ejecutivos de paso, madres recién salidas del colegio, jubilados de media tarde— ya no basta, y sabe que si pierde el negocio pierde también la casa que está justo encima. Lee a escondidas una novela erótica que arrasa en todo el país, y esconde el ejemplar bajo los formularios de aduanas cada vez que oye un ruido en el piso de arriba.
El cierre de la librería de enfrente, después de treinta años, le da la idea: si los libros se comparten, se discuten y se debaten, quizá también puedan llenar mesas. Nace así un club de lectura semanal con la promesa de café y tarta gratis en la primera sesión. La convocatoria reúne a un grupo pequeño y desigual: una profesora de historia recién casada que siente cómo su matrimonio se ha vuelto una rutina de cine los viernes y bricolaje los domingos; una mujer joven de estética años cincuenta, tatuada y de opiniones tajantes; una señora elegante de sesenta años y modales impecables; y un doctorando tímido que confiesa haber venido menos a leer que a observar cómo la literatura une a una comunidad.
La primera sesión, con una novela clásica sobre la mesa, se hunde en silencios incómodos y comparaciones con los deberes del instituto. Y entonces, buscando en su bolso la lista de próximas lecturas, a Estelle se le cae delante de todos el libro que no quería que nadie viera. Humillada y acorralada, improvisa: esa será la lectura del mes. Entre escándalo, sospecha de que el título es machista y curiosidad mal disimulada, el grupo acepta.
A partir de ahí, el club deja de ser solo una estrategia comercial. Cada personaje llega con algo que no ha dicho —frustración conyugal, timidez heredada, soledad disfrazada de compostura, distancia académica— y el libro, más que su trama, se convierte en la excusa para nombrarlo. La novela avanza en capítulos que alternan puntos de vista, con humor cotidiano y un tono cálido, alrededor de una idea sencilla: que leer en compañía obliga a hablar, y que hablar termina moviendo cosas que llevaban años quietas.
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