En el curso de 1959, el colegio Welton —internado de élite perdido en los bosques de Vermont— celebra su centenario repitiendo cuatro palabras: honor, tradición, disciplina, excelencia.
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En el curso de 1959, el colegio Welton —internado de élite perdido en los bosques de Vermont— celebra su centenario repitiendo cuatro palabras: honor, tradición, disciplina, excelencia. Entre sus alumnos, Neil Perry carga con el porvenir que su padre ya le ha escrito, y Todd Anderson con la sombra de un hermano brillante. La llegada de John Keating, profesor de Literatura formado en esas mismas aulas, introduce en la rutina una consigna distinta: carpe diem.
La novela abre con una ceremonia: gaita, cirio y procesión bajo las bóvedas de la capilla de Welton, colegio preparatorio fundado en 1859 en las colinas de Vermont. Trescientos muchachos uniformados responden a coro las cuatro palabras que el decano Gale Nolan les pide recitar —honor, tradición, disciplina, excelencia—, mientras los padres aplauden las cifras de premios y las puertas universitarias que esos premios abren. El rito retrata el lugar: un mundo cerrado por muros ennegrecidos, donde el prestigio se transmite como una llama que pasa de vela en vela.
Cuando los coches se alejan bajo los olmos, quedan los internos. El relato sigue a un grupo de alumnos mayores. Neil Perry acumula insignias y actividades que su padre administra sin consultarle, incluida la carrera de Medicina que ya tiene decidida por él; Todd Anderson llega trasladado de otro colegio con el expediente de un hermano ilustre a cuestas y una timidez que el despacho del decano no contempla. Alrededor se mueven Charlie Dalton, insolente y divertido; Knox Overstreet, sociable y encaminado al bufete paterno; el metódico Meeks, el ceñudo Pitts y Cameron, que siempre necesita saber qué entrará en el examen.
Las primeras jornadas de clase avanzan como un inventario de tareas: veinte ejercicios de Química para el día siguiente, declinaciones latinas de memoria, definiciones de trigonometría recitadas como máquinas, faltas anotadas por cuchichear en una escalera. En ese ritmo entra John Keating, antiguo alumno de la casa y nuevo profesor de Literatura, que se queda mirando por la ventana antes de saludar, cita a Whitman subido a su mesa y propone que lo llamen «Oh, Capitán, mi Capitán». Su primera lección no ocurre en el aula: lleva al grupo al salón de honor, les hace leer unos versos, traducir carpe diem y detenerse ante las fotografías de promociones de hace setenta años para preguntarles qué fue de aquellas sonrisas y de aquellos proyectos.
El contraste organiza el libro. De un lado, una institución que ha convertido la obediencia en método y la ambición en herencia familiar; del otro, la sugerencia de que una vida también puede medirse por lo que uno se atreve a hacer con ella. Entre ambos, unos adolescentes que empiezan a notar la distancia entre lo que se espera de ellos y lo que desean, y que aún no saben cuánto costará nombrarla.
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