Cristóbal Race ha dilapidado la paciencia de su tío y, con ella, la herencia que daba por segura. Le queda un año de plazo, un permiso de conducir y un espléndido roadster rojo construido a su gusto.
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Cristóbal Race ha dilapidado la paciencia de su tío y, con ella, la herencia que daba por segura. Le queda un año de plazo, un permiso de conducir y un espléndido roadster rojo construido a su gusto. Con ese capital insólito se emplea a sí mismo como chófer, mensajero y lo que haga falta, y sale a las calles de Londres a buscar pasajeros. El primero que sube al coche es un soberano europeo de incógnito, y a partir de ahí cada carrera abre una puerta a un enredo distinto: cartas que alguien quiere recuperar sin leer, honores que se convierten en deshonra, casas apagadas en las afueras donde se juega algo más que una velada. El coche rojo —«Scarlet Runner» en su original inglés— reúne esas carreras en una serie de episodios encadenados por un mismo conductor y un mismo automóvil.
El punto de partida cabe en una escena: un hombre joven, bien vestido y sin librea, sube y baja Regent Street al volante de un automóvil rojo demasiado hermoso para pasar inadvertido, levantando la mano enguantada hacia los transeúntes de aspecto acomodado. Unos fruncen el ceño, otros sonríen, casi todos siguen su camino. Cristóbal Race no busca compañía: busca un cliente, y lo busca contra reloj.
Detrás de esa maniobra hay un pacto. Su tío, dueño de una finca y de unas ciento setenta y cinco mil libras, decidió que el sobrino era perezoso, manirroto e incorregible, y le rebajó la pensión a lo justo para comer con decencia. Race rechazó incluso ese resto y propuso otra cosa: un año para demostrar que podía abrirse camino en el mundo, y hacerlo como un caballero. Vendió muebles, libros y cuadros, aprendió el oficio a fondo en una escuela de conductores hasta salir mecánico además de piloto, y puso todo lo que tenía en un solo automóvil. El plazo se agota la última noche del año, y la prueba se ha reducido a una cifra ridícula y decisiva: cinco guineas ganadas por su propio esfuerzo.
Las gana en Charles Street, delante de un hotel donde otro coche se ha averiado. El pasajero que se sienta a su lado —sombrero de copa, acento extranjero, un rostro que Race ha visto mil veces en los periódicos ilustrados— viaja de riguroso incógnito y decide, por capricho, contratar el coche para toda la noche. Lo que sigue no se parece al servicio doméstico que el chófer esperaba: una cena abandonada a los cinco minutos, un regreso apresurado por una carta que nadie ha llegado a leer, una joven que confía en un pretendiente que ha cumplido una misión secreta, y una casa a oscuras en Hammersmith donde el conductor descubre que su trabajo puede consistir en desobedecer al pasajero para salvarlo de sí mismo.
Esa es la mecánica del libro. Cada capítulo lleva el nombre de un mes y cada mes trae un encargo distinto; el automóvil funciona como el hilo que cose los episodios y como el personaje que los provoca, porque nadie contrata un coche así por razones ordinarias. Race conserva de su antigua vida lo único que le sirve —modales, sangre fría, un parentesco lejano con medio Londres— y lo pone al servicio de gente que necesita llegar a alguna parte deprisa y sin testigos.
Escrita por el matrimonio C. N. y A. M. Williamson, especialistas en el relato de carretera cuando el automóvil todavía era una promesa y una insolencia, la obra llegó al castellano en la traducción de Manuel Vallvé publicada por Editorial Juventud en 1929 dentro de la Colección Obras Maestras. Se lee como lo que es: aventura de época, ligera de tono y rápida de pulso, con un narrador que se toma su ruina con humor y un motor de ocho cilindros para no llegar tarde a ningún desenlace.