Madrid, febrero de 1837. Un escritor todavía joven empieza cartas que no piensa enviar a su amigo Ventura de la Vega y, entre la digresión y la ironía, va desnudando su vida: la infancia en el exilio francés, un matrimonio precipitado, la…
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Madrid, febrero de 1837. Un escritor todavía joven empieza cartas que no piensa enviar a su amigo Ventura de la Vega y, entre la digresión y la ironía, va desnudando su vida: la infancia en el exilio francés, un matrimonio precipitado, la gloria periodística que ya no lo sostiene y un amor prohibido que lo consume. Sobre la repisa de la chimenea, una caja amarilla con dos pistolas repite una pregunta cada vez más nítida: ¿cuándo? Antonio Priante presta voz a Larra en su última semana.
Antonio Priante construye en «El corzo herido de muerte» un monólogo epistolar que arranca el 1 de febrero de 1837 y avanza día a día. Quien escribe es Mariano José de Larra, el hombre que hizo reír a Madrid con sus artículos, y escribe a Ventura de la Vega cartas que nunca llegarán a entregarse. El pretexto es doméstico —ordenar los papeles del quinto tomo de su obra periodística—, pero la tarea se le vuelve autopsia: recopilar es disecar el propio cadáver para presentarlo, limpio de polvo y paja, a un público que ya lo da por difunto.
Desde esa mesa de trabajo la escritura se ramifica. Larra interroga las palabras más simples —qué es una carta, qué es un amigo, qué es Madrid— y cada definición se le convierte en diagnóstico: la villa como jaula, el correo como demora, la amistad reducida a alguien capaz de escuchar. Repasa la infancia afrancesada y el destierro a los cuatro años, cuando ni siquiera sabía pronunciar su propio apellido; los años dichosos de Corella; el desengaño de Valladolid; la boda de un trece de agosto helado con Pepita, celebrada contra el consejo del padre y del tío Eugenio; las tertulias de la aristocracia ilustrada, repartidas por días de la semana; y la noche del Café del Príncipe en que un director de periódico le regaló, entre aplausos, un estuche amarillo con dos pistolas.
Esa caja se convierte en el metrónomo del libro. Desde la repisa insiste con su interrogación de madera y metal —¿cuándo?, ¿a qué esperas?— mientras el narrador admite que la memoria, la facultad que nos permite seguir siendo alguien, ya empieza a fallarle. Y en el centro, apenas nombrada, la mujer casada a la que conoció un miércoles en casa del jurisconsulto Cambronero y cuyo nombre completo se atrevió a imprimir, camuflado, en un artículo de crítica literaria.
Más que una biografía novelada, Priante compone una voz: digresiva, burlona, políticamente lúcida sobre esas Españas que se parten en mitades y se matan entre sí, y a la vez incapaz de aplicarse a sí misma tanta lucidez. La libertad recién conquistada aparece aquí como una intemperie —ya no hay tirano fuera, solo uno dentro— y la pasión como la única razón de peso para seguir viviendo. El lector sabe desde la primera página cómo termina todo esto; el mérito del libro es que, aun sabiéndolo, quiera seguir escuchando.
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